22 minutos viviendo

Esperando en la sala del hospital, departamento de Mamografias, oigo mi nombre. – Ya puede entrar- dice una enfermera amable. Para mi sorpresa me indica cómo debo prepararme para repetir la mamografía de la mama izquierda «porque el doctor no ve clara una zona». Sigue diciendo: «Después te harán la ecografía para la que venías hoy». Pasan tres segundos de silencio y pregunto: ¿Tengo que preocuparme? y responde «En principio no», pero mi cuerpo se ha llenado de espanto. Alguna sustancia he empezado a segregar sin pensamiento asociado que, al terminar la mamografía, volver a vestirme y esperar a que me llamen de nuevo para la ecografía programada, empiezo a llorar.

Sentada en la silla, sin mirar nada ni a nadie, brotan de mí aguas que se derraman inundando mi espacio. Pocos pensamientos se cruzan en mente. Tan intensa la creciente sensación que llega el pánico.

Llorar sin consuelo durante algunos instantes, sin consuelo. Y entonces sí, el pensamiento ha emergido con palabras claras: ¿como voy a sustentar a mis hijos si no puedo trabajar?. Recuerdos de mi amiga con el pecho amputado, sus lágrimas de dolor lejano, de resignación y profunda gratitud por estar viva. Lloro y como no puedo parar de llorar, me dispongo a orar para rendirme a lo que la vida me brinda a cada instante, liberarme del pánico, asumir el presente y dejar que todo pase como tenga que pasar.

La sombra del cáncer está presente y en pensamientos fugaces, me pregunto ¿cómo vivo?. Escucho, siento.  Todo está bien, calma en mi interior. Sigo. Cómo quiero seguir viviendo, con la posibilidad de cáncer o no, y decido ser fiel a la manera de vivir que he escogido; decido hacer el viaje a Brasil que tengo pendiente desde tanto y ……. respiro profundamente. El pánico ha pasado. Queda miedo en el cuerpo y quietud en el alma.

Han pasado 18 minutos desde que la enfermera me ha comunicado que debíamos hacer una nueva mamo del pecho izquierdo. Siento lo ojos entumecidos, no hay casi nadie en la sala de espera, sólo una mujer delante mío que ignoro si me mira o no porque no puedo mirarla. Estoy sosteniéndome como acróbata en aire.

Abren la puerta y me llama. Es la enfermera que ya conozco de la otra vez. Me calma su presencia. Ella sabe que me daba mucho miedo hacerme la mamografía porque la primera vez que me hicieron una, me dejaron los pechos doloridos y con una sensación de que mis mamas eran sólo carne sin sentir. Me saluda como si recordara mi miedo. Se llama Rosa, y me pregunta si prefiero Maite o María Teresa. Le indico Teresa y le pregunto si la doctora ha visto los resultados de mi nueva mamo. – Todavía no, pero está en ello. Ahora viene. – Habla mirándome a los ojos con calma. Me siento escuchada en lo que no digo.

La doctora entra diciéndome que todo está bien. Me explica que se han tenido que repetir las pruebas de la mamo para asegurarse de que no hay nada raro y que todo está bien. Me mira a los ojos cuando dice «Bien». Sostengo las lágrimas de gratitud y dejo que todo siga su cauce.

Han pasado 22 minutos. Termina la prueba. Agradezco la amabilidad de todo el personal y me despido del lugar. Subo las escaleras, salgo a la calle y lloro.

Otras mujeres en ese mismo instante, antes y después, en otros lugares, habrán escuchado otras palabras parecidas, contrarias.  A todas ellas, a sus hijos e hijas, a sus amantes, novios, maridos, madres, padres, hermanas y amigos, no tengo palabras para decir. Sólo amor, mucho amor, inmenso amor.

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