Hija de la Tierra soy

Cuando el acupuntor dijo que mi páncreas me estaba pidiendo tierra para recuperar vitalidad, salud y bienestar, me quedé con la incógnita de qué era para mi tierra, qué significado tiene en mi vida la tierra, a qué lo asocio y cómo puedo incorporarla en mi ser. El médico acupuntor me indicó varias cosas que podrían ayudarme para colaborar con el tratamiento que estoy siguiendo: andar con los pies descalzos, comer más proteína vegetal dado que soy vegana, paseos y contacto con la naturaleza, masajes…. y todo lo que se me fuera ocurriendo.

Salí de la consulta pensando que me iba a tomarme espacio y tiempo para meditar en mi vinculación con la tierra porque andar descalza ya lo hago siempre que puedo, el contacto con la naturaleza es vital para mí y vivo en un entorno que me lo favorece, puedo ingerir más proteína y regalarme algún masaje quizás, pero hay algo que me falta encontrar. Y aquí estoy, escribiendo.

¿Qué palabras, imágenes, sensaciones me vienen cuando invoco la palabra tierra?. Lo primero e inmediato es marrón húmedo, casi fango y un entorno oscuro donde apenas distingo nada. En esa pedazo de tierra mojada que podría parecer una hez de vaca pero que no lo es, veo cositas blancas diminutas. Me acerco curiosa. Son pequeños gusanos vivos  que me recuerdan que la tierra es el hábitat de multitud de seres y especies diferentes que conviven aportando a la vida de la comunidad su singularidad, tomando sentido cuando se extienden entre las redes afectivas que componen la Pachamama.

Precioso nombre, Pachamama. Es nombre de tierra y juegos infantiles, como cuando con mi hermana, en el jardín de la casa de mis abuelos, nos inventábamos historias donde cocinábamos con la tierra y el agua, las piedras, las hierbas, las flores y los cacharros de nuestra cocinita de madera. Sonrío. La infancia…. eterna sencillez. Y me acuesto en la tierra de ese jardín de niña ahora como mujer y miro hacia el cielo azul. A penas una nube navegando por el espacio redondo de la atmósfera terrestre y recuerdo una noche sin luna, donde el tiempo descansaba a mi lado a mirar el cielo junto dos amigas, Elena y Blanca con sus respectivas hijas de nueve años.

Habíamos cogido algo para alimentarnos y varias mantas para tendernos en la tierra a mirar las estrellas de esa noche de Sant Llorenç donde las estrellas danzan sin parar durante toda la noche dejándose si las nubes y la luna juegan al escondite. Y esa noche yo veía multitud de estrellas danzar y correr. Las niñas se quejaban, las mamás recelaban de mi ver y yo casi dudo que fuera mi imaginación la que viera tantas hasta que una de las grandes estrellas danzó despacito para mí, como en cámara lenta y yo la ví y la señalé para que las demás la vieran y aunque la estrella siguió danzando,  sólo yo la ví. Me reí. ¡Claro que veo las estrellas! Pero… ¿dónde me quieres llevar tierra querida? Y aterrizó de las nubes en las que suelo estar y pongo los pies en tierra. ¿quién soy?

Aunque sonrío ante la pregunta, no encuentro respuesta. Soy hija, y aquí me paro porque también soy madre; pero ahora y aquí soy hija. ¿Hija de quién? ¿Qué es ser hija? Y en silencio noto como se deshacen las costuras del vestido de costumbres y linaje que me cubre y sobre mi cuerpo se deslizan la obediencia a la jerarquía, el sello que oculta el secreto familiar, la pesada losa del quinto mandamiento que dice «honra a tu  padre y a tu madre» sin saber qué es honrar, y me dejo desnudar despacio, sintiendo cómo la frescura de la noche acaricia mi piel descubierta. Y me siento rejuvenecer.  La Gran Mamita querida ha acogido el vestido de mi pesar y ella se encargara de que siga su curso vital. Todo se recicla en la vida. Todo.

Si, soy hija, más no la hija que impusieron las normas de un mundo ausente donde le vivir era una anécdota más sin importar su derramarse  en el aparentar, el conseguir, el luchar y tantas cosas más que han dejado de tener sentido para mí.

Si, soy hija. Hija de la Tierra que me nutre y sacia mi sed a ritmo del despertar que experimento, y descubro mi ser en el mundo y se activan mis instintos drogados por la locura de la ensoñación y comienzo a sentirme libre, eterna, viva en la tierra.

Y sigo siguiendo.

Namasté

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