El eterno sin tiempo

Me desperté súbitamente con el recuerdo vivo de su presencia y el momento. Habían pasado treinta y dos años desde que nos vimos por última vez. Fue en el tren camino a las montañas.

Había tensiones en las calles, el país andaba revuelto pero el amor pulsaba fuerte sin restricciones y decidimos salir a respirar aires limpios, sin contaminar. Nuestro primer paseo solos, tu y yo, porque siempre andábamos acompañados. Era de mal ver, nos decían las normas y nosotros, por si acaso, seguíamos el curso del amor limitado.

El tren se paró justo antes de salir del túnel. Por las ventanas se percibía cercana claridad de luminoso día. Nos miramos con intensidad. El tren inició un pausado retroceso y se paró en la oscuridad. Algo anda mal pensamos a la par. Desde fuera abrieron las puertas y entraron soldados armados. De mi corazón brotó la amarga sensación de lo que nunca deseas que pase.

Nos separaron; hombres por un lado, mujeres y niños por otro. Mientras con la mirada nos seguíamos, su intención y su sonrisa me transmitían la certeza que todo iba bien, que todo saldría bien. Empujada por fusiles, gente asustada y órdenes incomprensibles, dejé de verle y fue entonces cuando el mundo súbitamente enmudeció y mi pecho silente se rasgó como tela de fino lino partida en dos.

Ningún beso selló nuestro amor; no tuvimos tiempo para entregarnos al deseo pero, en el espacio interior donde habita la calma, siempre he resguardado su sonrisa y su intención.

Hoy he salido a la calle confiada, como cada día de estos treinta y dos años. Llevo conmigo muchos recuerdos, unos vivos, otros intensos, algunos de borran con el tiempo. He andado por caminos y senderos, he reído y llorado, he disfrutado, también me he quejado. En ocasiones he desfallecido pero al insistir en seguir, el recuerdo fugaz de su sonrisa y su intención, ha renovado el sentir que todo está bien y, he continuado con el vivir y convivir.

En mi andar matinal me atrajo la singular belleza de una joya expuesta en el aparador de la antigua joyería del barrio. No soy mujer de ostentación y las joyas no suelen llamarme la atención, pero allí estaba parada delante del cristal, absorta por la elegancia del diseño: una discreta y hermosa rosa de oro colgaba de unos pendientes con cierre catalán. No es nada fácil encontrar el cierre catalán porque está en desuso. Al desprenderme de su atracción y seguir la marcha, tropecé abruptamente con alguien que como yo andaba ensimismado en sus sentires. Me pareció cómica la situación y me reí sin más. Fue entonces cuando lo vi. En ese breve instante nos miramos y aún sujetándome por el tropiezo, sus ojos y los míos se fundieron en el único latido del eterno estar sin-tiempo y sin mediar palabra nos fuimos acercando más, más y cada vez más hasta sumergirnos en la ternura de nuestro primer beso.

Desde entonces andamos siempre juntos, unidos de la mano. En raras ocasiones nos separamos. Nunca nos alejamos más allá de la distancia de la mirada. A veces sin que lo advierta, me regalo viéndolo; podría parecer que le espío pero sólo es el juego de la inocencia y entonces, como en un suspiro me digo bajito al oído: todo, absolutamente todo sigue eternamente bien.

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