De la vulnerabilidad humana

«La vulnerabilidad no es debilidad», dice Brene Brown. La vulnerabilidad es la condición humana en la que aprendemos a ser en el mundo. Manejarnos en la vulnerabilidad, asumirla y honrarla, es vivir en la autenticidad del ser. Me inspiró el escrito de Álvaro Merino en su blog «Pulgada a pulgada«, titulado «El poder de la vulnerabilidad«. En él adjunta la breve charla de Brene Brown compartiendo su saber sobre vulnerabilidad. Muy inspirador.

Os dejo con la compañía de Simone de Beauvoir; un breve fragmento de su obra  «El segundo sexo». Me evoca los inicios de la vulnerabilidad humana.

En un principio, el mundo sólo está presente para el recién nacido en forma de sensaciones inmanentes; sigue inmerso en el seno del Todo, como en los tiempos en los que habitaba las tinieblas de un vientre; alimentado con el pecho o el biberón, le embarga el calor de una carne maternal. Poco a poco, aprende a percibir los objetos como distintos de él: se diferencia de ellos y al mismo tiempo, de forma más o menos brusca, se aparta del cuerpo nutricio; a veces reacciona ante esta separación por una crisis violenta (1), en cualquier caso, en el momento en que se consuma -más o menos a los seis meses- empieza a manifestarse mediante gestos, que se convierten en verdaderos cortejos, el deseo de seducir al otro. Esta actitud no se define con una elección razonada, pero no es necesario pensar una situación para hacerla existir. De forma inmediata, el niño de pecho vive el drama original de todo existente, que es su relación con el Otro. El hombre vive su abandono en medio de la angustia. Huyendo de su libertad, su subjetividad, quisiera perderse en el seno del Todo: es el origen de sus fantasías cósmicas y panteístas, de su deseo de olvidar, de dormir, de éxtasis, de muerte. Nunca consigue abolir su yo separado, per al menos desea alcanzar la solidez del en-sí, quedarse petrificado como cosa; singularmente cuando aparece congelado por la mirada del otro empieza a percibirse como un ser. Hay que interpretar las conductas del niño desde esta perspectiva: en forma carnal, descubre la finitud, la soledad, el abandono en un mundo extraño; se trata de compensar esta catástrofe alienando su existencia en una imagen cuya realidad y valor fundamentará el otro. Al parecer, a partir del momento en que percibe su reflejo en los espejos -momento que coincide con el del destete- empieza a afirmar su identidad (2): su yo se confunde con este reflejo de tal manera que sólo e forma al alienarse. Independientemente del papel más o menos grande que desempeñe el espejo, es seguro que el niño comienza hacia los seis meses a comprender los gestos de sus padres y a percibirse bajo su mirada como un objeto. Ya es un sujeto autónomo que se trasciende hacia el mundo, pero sólo se encontrará consigo mismo en una imagen alienada.

Cuando el niño crece, lucha de dos formas contra el abandono original. Trata de negar la separación: se acurruca en los brazos de su madre, busca su calor vital, exige sus caricias. Trata de hacerse justificar por la opinión ajena. Los adultos se le aparecen como dioses: tienen poder para conferirle el ser. Experimenta la magia de la mirada que le metamorfosea en un delicioso angelito o bien en un monstruo. Estos dos sistema de defensa no se excluyen:  todo lo contrario, se completan y se interpenetran. Cuando la seducción triunfa, el sentimiento de justificación encuentra una confirmación carnal en los besos y las caricias recibidos, el niño expresa la misma pasividad feliz en el regazo de su madre bajo su mirada cariñosa. Durante los tres o cuatro primeros años no existe diferencia entre la actitud de las niñas y la de los niños; todos tratan de perpetuar el estado de felicidad que precedió al destete; en ambos encontramos conductas de seducción y de cortejo: los niños están tan deseosos como sus hermanas de gustar, de provocar sonrisas, de hacerse admirar.

Es más satisfactorio negar el desgarramiento que superarlo, más radical perderse en el corazón del Todo que hacerse petrificar por la conciencia ajena: la fusión carnal crea una alienación más profunda que cualquier rendición anta la mirada ajena. La seducción, el cortejo representan un estadio más complejo, menos fácil que el simple abandono en los brazos maternos. La magia de la mirada adulta es caprichosa; el niño pretende ser invisible, sus padres entran en el juego, lo buscan a tientas, se ríen y bruscamente declaran : «Ya basta, no eres invisible en absoluto.» Una frase del niño divierte a todo el mundo, pero la repite y todos se encogen de hombros. En este mundo tan inseguro, tan  imprevisible como el universo de Kafka, se tropieza a cada paso (3). Por esa razón tantos niños tienen miedo de crecer; se desesperan si sus padres dejan de sentarlos en las rodillas, de aceptarlos en la cama: a través de la frustración física, experimentan de forma cada vez más cruel el abandono del que el ser humano siempre toma conciencia con angustia.

Aqui empiezan a aparecer las niñas como privilegiadas. Un segundo destete, menos brutal, más lento que el primero, aleja el cuerpo de la madre de los abrazos de sus hijos, pero los besos y caricias se niegan sobre todo a los niños; a la niña se le sigue mimando, puede vivir pegada a las faldas de su madre, el padre la sienta en sus rodillas y le acaricia el pelo; la visten con ropas suaves como besos, los adultos son indulgentes con sus lágrimas y sus caprichos, la peinan con esmero, se ríen con sus gestos y coqueterías: los contactos carnales y las miradas complacientes la protegen de la angustia de la soledad. Sin embargo, al niño le prohíben incluso la coquetería; sus maniobras de seducción, sus farsas molestan. «Un hombre no pide besos… Un hombre no se mira en el espejo… Un hombre no llora», le dicen. Quieren que sea «un hombrecito»; sólo liberándose de los adultos contará con su aprobación. Sólo gustará cuando no lo esté buscando. (…)

(1) Judtih Gautier relata en sus recuerdos que lloró y se desmejoró tan lamentablemente cuando la separaron de su nodriza que hubo que reunirlas de nuevo. No fue destetada hasta mucho más tarde.

(2) Esta teoría es la que propone el doctor Lacan en Complexes familiaux dans la formation de l’individu. Este hecho, de una importancia primordial, podría explicar que durante su desarrollo «el yo conserve la imagen ambigua del espectáculo».

(3) En L’Orange bleue, Yassu Gauclère dice a propósito de su padre: «Su buen humor me parecía tan temible como sus impaciencias, porque nada me explicaba lo que lo podía motivar… Insegura ante sus estados de ánimo como lo habría estado ante los caprichos de un Dios, lo reverenciaba con inquietud… Lanzaba mis palabras como si jugara a cara o cruz, preguntándome cómo serían acogidas». Y más adelante relata la anécdota siguiente: «Como un día, después de que me regañaran, empecé con mi letanía: Tabla vieja, cepillo de encerar, horno, palangana, botella de leche, sartén, etc., mi madre me escuchó y soltó una carcajada… Unos días más tarde traté de utilizar mi letanía para calmar a mi madre que me había vuelto a regañar. Nunca lo hubiera hecho. En lugar de reírse, aumentó su severidad, y me gané un nuevo castigo. Me dije que la conducta de las personas mayores era decididamente incomprensible».

 «El segundo sexo. Vol II. La experiencia vivida» de Simone de Beauvoir.

Seguidamente encontraréis el vídeo de la segunda charla de Brene Brown que continua desarrollando el tema de la vulnerabilidad. Se titula «Escuchando la vergüenza».

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