Autor: tedeteresa

Soy noche cósmica, azul, intuitiva, valiente. Obrera de la Luz. Amante de la Libertad, el Amor y la Verdad.

Plasma-ndo la real-i-dad

12 de agosto de 2020

Escrito a mano con pluma de tinta de color lila. Para nos. 

Todo el camino recorrido parea llegar aquí, punto clave de inflexión de la Vida, donde encarno la Verdad Yo Soy.

Años de aprendizaje, aprendiendo a discernir lo que es Real de lo que es creencia, ilusión, holograma, proyección; acercándome cada vez más a la desnudez de la Verdad Yo Soy Aquí en la Tierra, creando la Realidad interna en la materia, organizando la Vida, generando la posibilidad de una nueva realidad donde nada de lo que creí es válido, porque Yo encarno la nueva realidad, el nuevo paradigma de Libertad que libera.

Mi Ser en el mundo genera posibilidades que construyen el Mundo en quinta dimensión.

Yo Soy la prueba fehaciente de que Es Real. 
Yo Soy el Ser creador que plasma lo que ya es en sí mismo.
No necesito crear nada nuevo, 
solo asentarme en la Verdad 
y dejar que Ella se manifieste
mediante la entrega de mi Conciencia dinámica.

Yo Soy el Verbo que ordena al Plasma
aquello que ha de manifestarse; 
no porque lo cree, 
sino porque ya existe,
y sólo requiere de Plena Conciencia
para que pueda manifestarse.

Yo Soy la Visión manifestándose 
en el Flujo universal de la Vida.

Nada de lo que he creído antes de ahora era consistente, sólo ilusorio; proyecciones holográficas limitantes que mantienen los seres subyugados como rebaños para alimento de otros. Pero este tiempo ha terminado. El ciclo vital de la Tierra como organismo vivo, ha llegado a su consciencia expandida a todo su Ser, o sea, a todos los habitantes de la Madre Tierra, incluso al hombre, el más débil de todos, el eslabón perdido.

El ciclo vital se ha cumplido y Ahora es el momento de la escisión: continuar con el viejo paradigma, o encarnar el nuevo paradigma. La decisión es nuestra; depende de ella nuestra permanencia en esta atmósfera o el traslado a otra adecuada a nuestro patrón vibratorio. Todo son experiencias de ser, aprendizajes de Vida en sus múltiples e infinitas variantes, tantas como sea posible, con la certeza que todas llevan al mismo punto originario: el Zero.

Claro que Somos reflejos divinos porque no hay nada más que Eso; lo que nos confunde es dónde ponemos la atención, en qué nos identificamos. Escogimos encarnar en este tiempo para colaborar a plasmar la nueva realidad. Todo lo aprendido anteriormente (sudor y lágrimas) es pasado, es ayer, es instable, perecedero, mutable. El humanoide se reedita aquí en la Tierra. Lo único imperecedero es Aquello que Es que sólo puede manifestarse cuando estamos vacías, vacías de todo lo que no tiene consistencia por sí misma. Sólo Ser.

EL mensaje se te ha repetido a lo largo del camino y tu has seguido fiel, experimentando lo que te parecía más cercano a la Verdad Única. Has experimentado muchas cosas que te confirmaban que aún había más. Cada vez más autoreferenciada, has encontrado la Verdad Única.

Crea lo que ya Eres,
manifiesta lo que está escrito.
Conoces la Voz Interior.
Ella sigue guiándote,
y nunca ha dejado de hacerlo.

Sigue esta Voz interior
que no conoce condición alguna
porque Es Aquello inmutable,
que al proyectarse,
muta sin dejar nunca de Ser:
Como el agua que puede cambiar de forma y siempre es Agua.

Mécete en la Verdad 
y Danza a su son.

Amor y Servicio.

Cuando amar es sólo y nada menos que reflexivo

Hay un amar que se me olvida. Se esconde entre el quehacer del día, en el disfrute de la mañana y el goce de la tarde, entre las hojas de los árboles acariciantes, entre el paseo con mi perro y el dormir en mi cama, entre el ordenador y las palabras, entre escribir y escribir.

Ese amar que pasa de largo, mirando de reojo, esperando un guiño que no acaba de llegar, y a pesar de mi esquivar inconsciente, permanece, me dice que no conoce la prisa pero que anda cansado de tanto despistarme.

El otro día me dijo que en el amar, hay algo reflexivo y primordial que estoy olvidando. Me sorprendí ante la reseña: yo que soy vegetariana casi vegana, que hago ejercicio, meditación, yoga, paseo diario por la naturaleza, vida contemplativa, servicio a la comunidad, cuido de mi jardín y mis animales, de mi casa, de mi piel, de descansar, de mantener relaciones saludables con personas y ambientes nutricios, que me siento sonreir por dentro y el corazón contento… qué me estaba señalando?. A mí?.

Pues sí, a mí. Concretamente a la manera en cómo me alimento; no los alimentos que como, sino cómo los como, desde dónde, para qué, cuál es la intención. Y allí me reconocí. Bajé la cabeza y asentí.

Este conflicto es tan antiguo en mi que ni me acuerdo. Sí recuerdo que de pequeña siempre me sentaba a comer sin hambre, sin apetito, sin deseo de comer, y mi mamá sólo quería que comiera más de lo que comía. Recuerdo su cara de preocupación y sus comentarios angustiados sobre mi comer; tan obsesionada se puso la mujer, que me dio un brebaje de la época que abría el apetito. Se llamaba – Kina San Clemente- Da unas ganas de comerrrrrrrr- decía el anuncio, por si a alguna le resuena.

Efectivamente lo consiguió. A fuerza de tanto insistir y verla sufrir, conseguí comer lo que me ponía en el plato, y no sólo eso, sino rebañarlo hasta que estuviera limpio sin rastro de comida. Tanto fue así que el indicador de la saciedad quedó alterado y ya no sabía cuándo era suficiente.

De joven no tenía problemas de sobrepeso; empecé después del primer embarazo con dietas, ayunos, y un sinfín de métodos que nunca acababan de funcionar porque el vacío no estaba en el estómago, sino en el cuerpo más sutil que fue organizando el físico en la medida que descubría el amarme sobre todas las cosas. Con el tiempo dejé de pesarme y empecé a amar aquel cuerpo desconocido, ha aceptarlo tal y como era a pesar que no reconocerlo. Nunca he tenido más de 5-6kg de sobrepeso, no lo soportaba. Me compensaba con ayunos programados que me devolvían la imagen con la que sentía comodidad, así que nadie percibía ese desorden interno, esa desconexión con mi verdad.

Han pasado muchos años desde entonces. Amo mi cuerpo, mis arrugas, amo lo que hago, disfruto haciéndolo, amo mi vida tal como es, y… ha llegado el momento de alinearme con mi alma en este punto donde las creencias, la cultura, las costumbres sociales, tienen un peso muy pesante, del que quiero desprenderme ya, porque ya no quiere demorar más lo inevitable.

Mi naturaleza es esencialmente pranica (prana o fluido vital de todos los seres vivos). Me he resistido durante años, más de 20 y aunque he hecho incursiones en la nutrición pranica, el peso de la cultura y las costumbres sociales, los hábitos familiares, las relaciones, las mesas y las comidas como lugar de encuentro, … todo eso acababa condicionándome y regresaba a la costumbre de comer, sin ganas de hacerlo.

Me he debatido entre juegos mentales que me apartaban de mi natural Ser en el mundo, pero ahora ya no tiene sentido. Yo soy pranica. Lo digo en voz alta porque ya no quiero ocultarlo más, pues no es al mundo a quien se lo oculto, es a mí que me doy la espalda y dejo de honrarme, de gozar en la que soy de verdad.

Soy pranica y he tenido miedo de asumirlo, por el qué dirán, por la incomprensión, por la exclusión, por el estar en familia, por las cenas de amigos, por las comidas sociales, por el encuentro en la cafetería,… pero ahora ya eso no tiene suficiente peso. Mi cuerpo me exige compasión. Ama aquello que eres en todas sus consecuencias, sin dejar la más mínima partícula del Ser sin ser amada como se merece.

Sí. Entre otras cosas, me alimento del prana y ya no quiero maltratarme más con costumbres que no son de mi alma. Quiero honrar al Ser Yo Soy sin reservas ni condiciones.

Lo dejo escrito para que así Sea, así Es, así está dicho.

Gracias.

Amor y Servicio

Despertar cuando todavía es de noche

Sin dejarme llevar por la mente que en seguida divaga por los intrincados caminos del ir y venir, decido levantarme en pleno silencio, cuando la noche aún es noche y no se puede distinguir si hay la luz en el día. Y es que la Vida es así, simplemente así de simple, de entramada; así de misteriosa.

La brisa nocturna deja la piel fresca. A penas se escucha el zumbido de las aves al volar, ni el susurro de los suaves cantos apuntando el nacimiento del próximo amanecer. Todo parece sumido en ondas de Paz silente que abrazan el alma sin recuerdo, desnuda de historia, vacía de mente.

Siento un gran Estar que no tiene palabras que decir ni contar. Aún así escribo pues al escribir percibo con claridad la intención del Supremo Ser que es la de experimentar. Y me dejo mecer en el sustrato de la bienaventuranza con la certeza de ser gobernanta de galera, capitana de la barca que me lleva, gerente de mi expresa, que no es mía sino de mí.

Mi querido compañero, roca, blanca, fiel amigo, duerme plácidamente en el suelo fresco de la noche. Su respiro pausado, me devuelve a un lugar que siempre ha sido aún sin acordarme. Y me siento vacía, desnuda de tiempo, danzando en la noche sin Luna, despierta y sonriendo.

Nadie y Nada se encuentran en ese instante de Pura Consciencia. No preciso entender, sólo saber y obedecer el mandato de Ser: Aquí en la Tierra como en el Cielo. Soy Yo, Yo Soy.

La suave brisa nocturna llevará el aliento del despertar allí donde estés en tu soledad, y un beso tierno de amado amanecer colmará la sed de Paz y Ternura. Los primeros vestigios del día iluminaran las conciencias dormidas recordando que Todo está dentro, en el interior. Fuera sólo son reflejos.

La Vida seguirá siendo sin más.

amar la palabra escrita es recrear la atmósfera del arte de la escucha

la lectura tiene piel y contacto, voz, susurros, silencios suspendidos, gestos, miradas, encuentros. Leer es un acto de amor amando; sólo así los libros perduran.

Estaba buscando información por la red sobre algo que ya no recuerdo, cuando me crucé con las sugerencias de YouTube. Una imágen me captó la atención: el dibujo de un hombre que parecía danzar contento en medio de una hermosa librería repleta de libros. El título del cortometraje mencionaba fomentar la lectura.

Cuando hablamos de lectura según el público que nos escuche, observamos diferentes reacciones. En adolescentes y jóvenes, suele aparecer una cara de aburriendo o un comentario tipo «a mi no me gusta leer», «me cansa leer», «vaya rollo» o algo parecido. Siempre pienso que probablemente no han tenido tiempo (ni en calidad ni en cantidad) para encantarse con el universo del leer.

Mi primer recuerdo con la lectura me lleva a los cuentos ilustrados de gran formato, todo imágenes y con poca letra. Me entretenía con los detalles de los dibujos mientras me imaginaba la historia que había detrás de ellos. Después venía el interés en saber qué contaban aquellas palabras, si se asemejaba a lo que yo había imaginado o me sorprendería con tantísimas posibilidades. Las ilustraciones me invitaron a fundirme en el universo infinito de lo insospechado.

Los espacios donde los libros aguardan y guardan

Entrar en una librería y perderte entre libros es una distracción poco fomentada. En las librerías es común encontrar espacios donde entretenerse con algún ejemplar curioso encontrado en las múltiples estanterías. Por supuesto hay que ser cuidadosas con los libros; cada uno de ellos esconde tesoros que pueden acompañarnos a lo largo de tooooda la vida, incluso más allá de ella, pues los libros son casi inmortales. Y digo casi porque el tiempo es muy distinto para ellos, de hecho no lo conocen; sólo saben que las hojas van amarilleando y pierden su suave textura, se resecan y se vuelven ruidosas, con olor a añejo, pero su historia está intacta esperando pacientemente la mirada amiga que le recuerde una vez más el hermoso arte de escuchar.

Las bibliotecas son también un lugar extraordinario para disfrutar de los tesoros que ocultan los libros. Si te fijas en los estantes, hay multitud de tapas con colores, tamaños y formatos distintos, y si te entretienes a ojearlos, encontrarás infinidad de tipografías, ilustraciones,… una feria para los sentidos y la imaginación.

Para mí, el mejor lugar para mirar y entretenerme con los libros es la zona de la lectura infantil ya sea en librerías como en bibliotecas. En ese espacio reservado para las más pequeñas, el sonar y resonar de las criaturas preguntando a sus mayores eso y aquello, sus risas, su asombro, su intento de susurrear,… me transporta a la aventura de viajar mientras miro y ojeo libros, cuentos y historias que caen en mis manos por el arte del estar.

Entusiasmarnos por la lectura puede suceder a cualquier edad, aunque la mejor es cuando somos aún criaturitas. Amar los libros es fácil si de pequeñas nos enseñan a conocerlos, a descubrirlos, a encantarnos, a saborearlos como si fueran un rico helado o la tarta que hace la abuela, o el pan de mamá.

Quizás cuando leas esto pensarás que sí, que es verdad, pero no hay tiempo para tanto entre el trabajo, la casa, la comida, la ropa, los baños, … solo se piensa en descansar, pero déjame decirte que el tiempo es un estado de consciencia que debemos aprender a usar para amar las pequeñas cosas, las más insignificantes, los instantes, todo lo que parece demasiado diminuto pero es donde se halla el gran tesoro. No dejes que el reloj protagonice tu vida. Enseña a tus peques el arte de amar, no tanto por el amar que también, sino por el arte que es la expresión humana de la Vida. Con el arte todo puede ser expresado, absolutamente todo, incluso lo que no hemos aprendido a nombrar.

Yo tengo la gran suerte de trabajar también con personas ancianas. Son de la generación de cuando la escuela no era para todas y muchas de ellas se quedaron en la puerta sin poder entrar; tenían que trabajar ayudando a la família, o en casa o en la fábrica aún siendo niñas. «Mis ancianas» se sienten analfabetas porque no pudieron estudiar y aprender a leer y escribir bien, fluidamente– como dicen ellas, pero son mujeres sabias. Saben todo sobre el arte de escuchar.

La lectura es el arte de escuchar

Para fomentar la ilusión por la lectura, sea la edad que sea, precisamos educar en el arte de la escucha. El arte de escuchar se ha olvidado; se confunde con el quedarse embobada delante de una pantalla de televisión, ordenador, play station, telefonía móvil, o lo que sea. Es verdad que en el mundo actual regido por el reloj que controla el tiempo para cada cosa, el convivir se reduce a descansar. Esto hace que el recurso de la televisión y de las pantallas para entretener a los más pequeños que siguen sin parar hasta caer dormidos, sea cada vez más común, pero las consecuencias de ello es desatender al humano y así nos va.

Escuchar un cuento contado, una historia leída, en família, en el regazo de la mamá, del papá, en los brazos de la abuela, conlleva una magia que nunca debemos olvidar. No es sólo la voz y sus tonos actuando como ondas vibratorias capaces de generar estados de satisfacción, ternura, pertenencia, afecto,… es la piel que surge con el contacto, la mirada, los silencios entre frases, las preguntas que demandan atención, las explicaciones adicionales, la imaginación genuina que se despierta, la risa y la complicidad. No hay nada comparable a la calidez de un cuento contado por alguien presente y amante.

El arte de escuchar va más allá del oído, es cuerpo, sentidos y alma. Al escuchar, estamos invitando a leer lo que escuchamos y a interpretar lo que imaginamos. Leer no se reduce a los libros; abarca el mundo entero. Leer la Vida, cómo es el vivir, cómo oscilan sus colores y matices, cómo juegan los astros y las estrellas, cómo hablan las plantas y los animales,…

Con el sembrar ilusión por escuchar, contemplar, recrear el momento de estar juntas piel con piel, vendrán los primeros brotes vigorosos y excitados por aprender a leer las sílabas que componen palabras que hacen frases que hacen historias, y ….. si el campo se ha cuidado y cultivado con el suficiente esmero, tiempo, cariño y juego, llegará la cosecha que seguro sorprenderá, sea la que sea. En cualquier caso, siempre permanecerá el vínculo de amor del sentir, pensar y contar.

Para finalizar, te dejo este corto; me ha parecido apropiado para despertar situaciones de escucha, de diálogo, de compartires… Lo recomiendo a partir de 6-7 años en adelante, aunque la edad es solo una sugerencia. Mi deseo es que te inspire.

Con Amor y Servicio.

De humedades y manantiales. Relato de un sentir Libre

El relato que titulé como De humedades y manantiales, fue presentado en un concurso literario donde el tema era la Libertad. No llegó a ser finalista. Los ganadores fueron relatos «más conservadores», diría yo. Me pregunto si la libertad es Libre o la atan los matices.

Dedicado a todos los seres de buena voluntad, con el corazón paciente y placiente.

Si al terminar la lectura te ha hecho vibrar dentro, me siento feliz por ello. Si por el contrario te ha disgustado, molestado o incluso ofendido, disculpa. Mi intención es compartir el arte de poner palabras a sentires, vivencias, sueños, así que lo siento; sólo déjalo pasar y sigue tu camino. Agradecida por tu interés.

De humedades y manantiales

Después de tantos años divorciada y sin relaciones sexuales, a penas tres o cuatro veces practicando el autoamor o lo que mal llaman la masturbación, – y digo mal llamar porqué confunden la turbación con el gozar-, un buen día me topé con la humedad tibia entre mis piernas donde antes andaba la sequedad.

¿Qué me estaba pasando? Mi vulva humedecida sin reparos, sin etiquetas, libre de juicios, valores y creencias. Estaba claro: cada vez que la veía, toda yo sonreía.

Medité durante días, reflexioné, dudé, quise olvidar, me cuestioné y finalmente admití que mi cuerpo estaba vivo y mojado cuando estaba a su lado. ¿Acaso no era obvio el manantial que de mí fluía? Tanto hablar de libertad y ¿lo iba a negar, ocultar o tapar? No. Liberé mi mente de todo aquello que no era obvio y me entregué libre-mente (valga la redundancia) al goce del placer mujer a mujer. 

Nunca antes había experimentado un placer tan bello en lo que al sexo se refiere. No es que la sexualidad mujer-hombre no tenga interés, es que entre mujer y mujer la omnipresencia del falo se desvanece. El encuentro húmedo se ve saciado por danzas sinuosas de libre sentir que mueven el cuerpo al encuentro de dedos juguetones descubriendo grutas, cuevas y rincones donde emergen flores exuberantes, orgullosas de ser, de reverdecer y brotar como manantiales sagrados de Aguas en Libertad. 

Me pregunto cómo sería si en la niñez, la adolescencia o el momento que sea de descubrir la sexualidad propia y la ajena, el sentir erótico y sexual fuera con otras niñas, adolescentes y mujeres poseedoras a su vez de vaginas y vulvas diferentes, multicolores, con humedades diversas y múltiples posibilidades.  Cómo sería si el descubrirse en las otras, fuera aprendernos qué es lo que nos gusta y disgusta, lo que nos place y complace, qué danza y qué ritmo nos estimulan hasta el éxtasis que se repite una y otra vez casi sin fin. Qué sería si antes del encuentro con el falo erecto, penetrador y tantas veces inexperto en el placer femenino, nos instruyéramos en el arte del gozar y el juego del amar entre vaginas, historias, vulvas y recuerdos que nos pudieran contar con risas, cantos y rezos, la sacralidad* de la sexualidad. 

Creo que así evitaríamos mucho sufrimiento. 

  • del sacro: hueso en forma triangular, situado en la base de la columna vertebral. 

Teresa Tendero – Águila Blanca volando alto

Nota: las imágenes que ilustran el texto son de la artista Jacqueline Secor.

Con Amor y Servicio. Por las mujeres que nos precedieron, por los hombres que nos acompañan, por los que no han sabido hacerlo, por los que vendrán, por todas las mujeres y las generaciones futuras, por el Ser Humano. Amén.

La amistad en la madurez

Hoy hace justo una semana que he vuelto de mis vacaciones estivales. Han sido quince días repletos de sensaciones de todos los colores, formas y hermosos sabores, incluso las lágrimas que derramé sanaron más allá de mí. He visitado lugares extraordinariamente lindos donde las aguas de Mama Gaia lucía sus azules ropajes en cascadas, olas, playas desiertas y superpobladas, barcos anclados iluminados por la luna cascabelera, arena, tierra y el dulce navegar del conversar y estar en silencio, pasear, descansar, divertirme y reírme a carcajadas. He andado sola y acompañada por arenas que limaban mis pies hasta volverlos suaves como de bebé. En la tormenta de una tarde, encontré la furia de un recuerdo que, en el mecer de la noche, sanó para siempre la impronta del desamor. He sentido la caricia en mi pelo, la suavidad de la voz que mece, la mirada amiga, el cuidado de madre y ser bienvenida. Me he alimentado de saludable comida y gozado de ricos helados de chocolate y dulce de leche. Mi piel se ha hidratado de sol, brisa, agua salada y aguda de río, de lluvia y de viento de mar. Mi cuerpo se ha coloreado de hermoso bronce. Las velas en la noche y el blanco de nuestros vestidos, la risa del humo danzando en lo sagrado, las cintas y los decretos, los silencios. … Hermosos días de verano.

El retorno, demasiado intenso.

Integrar de nuevo en mi cotidiano los espacios para Kronos, me genera ansiedad. El segundo día de regreso a la labor, los trabajos domésticos y demás cotidianidades, mi corazón empezó a latir con fuerza apurado por la falta de tiempo. Me descubrí ansiosa y sin demora, decidí encontrar la forma de renovar la ilusión en mi vida cotidiana, empezar de nuevo desde otro lugar. Si, ya se que no es del todo nuevo porque nos conocemos desde hace muchos años, pero esta vez quiero que mi encuentro con el reloj y las obligaciones, con lo que tengo que hacer y todavía me disgusta o me cansa, sea placentero, más placentero, más inocente, más dulce, menos exigente.

Y así, entre respirar, sentir y otras sensaciones, hoy sábado (tres días después del episodio de ansiedad), la nostalgia me ha invitado a pasear con ella por el bosque.

Ha sido un caminar despacio, de melodía. La tierra está mojada después de tres días de lluvia, huele a hierba y romero. Los árboles están jugando con la brisa matutina, el camino está solitario, algún ciclista me saluda. Seguimos andando nostalgia y yo. Ella me invita a recordar el tiempo en que las amigas nos juntábamos a cualquier hora posible para contarnos cosas, anécdotas, pensamientos, deseos, anhelos y sueños. No había móviles entonces pero siempre estábamos allí, siempre había espacio para un paseo, sentarnos en un banco o en el portal, para fumarnos un pitillo a medias, mirar la luna, estar. Con el tiempo, las obligaciones ocupan tanto lugar que nos olvidamos de la cotidiana adolescencia y juventud, donde el tiempo todavía no había perdido su sentido de presente, de regalo.

Nos hacemos mayores, adultas y adultos, y con el tiempo, acumulamos cansancio. El cansancio se cura con descanso y hay descanso en las miradas sinceras de bienvenida, en los encuentros de complicidad, en los espacios de sosiego donde las amigas se encuentran de a dos, a tres o más, para sentirse vivas, escuchadas, acompañadas, divertidas, para jugar, reír y llorar, para estar y renovarnos con la química del afecto y el sin-tiempo. Vivir es Amar y en el arte del amar hay presencia.

Sí, siento nostalgia de esa espontaneidad compartida donde nos sentíamos pertenecer, éramos importantes para la otra, nos echábamos en falta  y nos regalábamos tiempo para estar. Regresar a ese espacio-tiempo donde juntas tejíamos el aprender del amor, con puntos nuevos, inventados, aprendidos, con errores y aciertos. Siento nostalgia de esa disponibilidad inocente, libre de horarios y previsiones de cansancio, porque el presente para mí, cuando es vivido como tal, es vital, vivo, viviente.

En el mundo occidental, el estar con las amigas se pierde con la presencia de la pareja. La pareja pasa a ser la que debe saciarlo todo y con exclusividad y, vivir sin amigas de verdad, es como morir un poquito. Las mujeres necesitamos encontrarnos a menudo para renovar nuestra creatividad y placer por la vida. Los hombres también deben encontrarse con hombres, pero nosotras, yo como mujer, nosotras como mujeres, debemos restaurar nuestros encuentros inocentes, renovar nuestra disponibilidad afectiva y encontrarnos. Nuestra sociedad, tal y como está montada, nos aísla y en ese aislamiento, perdemos el sentido del amor, la verdad del amor, y andamos deambulando entre patrones, roles, cultura y costumbres impuestos desde la inocencia de la cuna, diciéndonos cómo es el amar, con quien, cuando y de qué manera.

Yo deseo más. Deseo respuestas que surjan de dentro y autenticidad, no tu verdad o la mía, sino la verdad porque es la única que nos hace libres. Quiero más encuentros espontáneos, que con mis amigas regresemos a la inocencia del estar, y que juntas vivamos satisfechas los placeres del amor y el amar.

Que así sea. Así es.

.la próxima vez

Me impacto el verso d la poetisa Mary Oliver. Gracias Mariposa del 67.

Mariposadel67

.la próxima vez

«La próxima vez lo que haría es mirar
la tierra antes de decir algo. Detenerme
justo antes de entrar en una casa,
y por un minuto ser emperador
y escuchar el viento
o el aire inmóvil.

Cuando alguien me hablase para
culparme o alabarme, o solo por pasar el rato,
le miraría la cara, cómo la boca
debe trabajar, y vería cada tensión, cada
signo de lo que alzó la voz.

Y sobre todo, conocería más –la tierra
apoyándose en sí misma y levantándose, el aire
encontrando cada hoja y cada pluma sobre
el bosque y el agua, y en cada persona
el cuerpo resplandeciendo dentro de la ropa
como una luz.»

-Mary Oliver

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Next Time

«Next time what I’d do is look at
the earth before saying anything. I’d stop
just before going into a house
and be an emperor for a minute
and listen better to the…

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El problema

«El problema no está ahí para ser resuelto, sino disuelto»

El cáliz de la nobleza

El cuento es un universo contado donde todo significa y nada es imposible. Los árboles cantan canciones de cuna, las nubes juegan a la comba, los caballos hablan y las rosas no pinchan.  Podemos volar impulsadas por la intención y viajar con sólo pensar, hablar bajo el agua y pasear sobre ella. Todo es posible.

Este cuento que he titulado «El cáliz de la nobleza», está creado para acompañar el proceso de un colectivo de mujeres que caminamos al encuentro de definir nuestra identidad común. Todas nosotras somos Facilitadoras de Biodanza y estamos empeñadas en cocrear juntas una nueva manera de vivir, convivir, laborar y hacer. Llevamos dos años de andadura tejiendo vínculos. En cada encuentro nos proponemos seguir creciendo como comunidad y para ello ideamos maneras de faciltarnos el empeño.

En esta ocasión nos ofrecimos tres compañeras para trabajar la abundancia y el reconocimiento de nuestros dones y talentos. El proceso co-creativo a tres ha sido una experiencia que ha marcado un antes y un después en mi hacer. Ahora se que es posible trascender la pesada carga que arrastra el trabajar, porque entre las tres hemos liberado su yugo con ilusión, dedicación, entrega y la verdad de cada una al servicio de nuestra comunidad.

Este cuento que os presento, forma parte de la sesión que preparamos juntas las tres hacedoras. Lo creé con la intención de recordarnos que todo se halla dentro de nosotras nosotros; reconocer esa verdad es camino y destino. Está integrado en el momento de la sesión en que dejamos de danzar para escuchar a la que nace como narradora. Esa soy yo. Gracias por descubrirme.

Para todas y todos los que escuchamos.

Había una vez una niña llamada Joanna. Su familia era rica, muy rica, tan rica que la casa donde vivían era tan grande que para hablarse de una punta a otra, lo hacían por teléfono. Joanna tenía todas las cosas que quería y que podían comprarse con dinero pero le faltaba algo que no sabía qué era. Pensaba y pensaba y no encontraba ninguna palabra que definiera lo que tanto anhelaba.

Cuando iba a cumplir los once años de edad, justo antes de «hacerse mujer» como le había dicho su mamá, Joanna decidió marcharse en busca de lo que tanto ansiaba y no sabía nombrar.

Pasaron años y experiencias, encontró personas que la ayudaron y otras que no, conoció el amor y el desamor, el miedo, el coraje, el odio y la reconciliación, fue madre, esposa y amante, disfrutó de salud y también supo qué era la enfermedad, vió morir y nacer, voló en avión, nadó en el mar y se sumergió en sus aguas profundas, rezó, labró la tierra e hizo su propio huerto, aprendió a cocinar, conoció la pobreza, ganó mucho dinero, aprendió a conducir, navegó por un lago, caminó con zapatos de tacón y con alpargatas, lloró de tristeza y también de risa, unas veces perdía y otras conseguía, a veces se caía y otras tantas andaba erguida, estuvo quieta, danzó… y seguía faltándole alguna cosa que no sabía nombrar. -¿Qué es?- se preguntaba a menudo. No hallaba respuesta.

Un día decidió regresar al hogar. Al llegar se encontró la gran casa escondida entre matojos y altas hierbas; abrió la puerta y entró en su interior. Estaba repleta de telarañas y polvo, habían crecido plantas en su interior, los muebles y la decoración estaban en el mismo lugar, allí, olvidados entre los recuerdos y el abandono. Hacía mucho que nadie habitaba el lugar.

Recorrió todas y cada unas de las estancias de la gran casa. Al entrar en su habitación descubrió sobre su mesita de noche un objeto que no reconocía: era una hermosa copa de madera tallada por la mano de algún artesano artesana experimentada. Al cogerla entre sus manos olió un agradable e intenso perfume a flor que la hizo cerrar los ojos y aspirar con profundidad. Al abrirlos se encontró frente a ella una joven amazona de cabellos negros, piel morena, mirada serena y profunda. Joanna no se asustó lo más mínimo, ni tan solo se sorprendió; parecía conocer a la joven mujer pero no conseguía recordarla. Le preguntó quién era, a lo que la amazona contestó:

–  Soy O’quaki-ne. Quiere decir «Mujer lluvia». Soy una de las tres guardianas de la copa que sostienes entre tus manos. Es el Cáliz de la Vida y tiene el poder de concederte tres deseos.

Joanna la miraba atenta. O’quaki-ne, continuó diciendo con voz calma:

– Los deseos nacen de la Fuente de la Vida. Encuentra tu primer deseo y házmelo saber.- Luego desapareció.

Joanna se quedó quieta. Seguía con la copa de madera entre sus manos. La miró detenidamente, observó sus relieves de hojas y flores talladas a mano, acarició su forma con los dedos, olfateó la madera añeja y volvió a cerrar sus ojos. Se sentía tranquila, satisfecha, en calma. Al abrirlos de nuevo, la copa estaba llena de un líquido transparente. No dudó un sólo instante y bebió. Era agua cristalina. Al sentir como recorría su interior, supo qué deseo pediría a la joven amazona.

O’quaki-ne apareció nuevamente ante de ella y Joanna le dijo convencida:

– Mi primer deseo es que me concedas tiempo.

– Así sea. Así es.- contestó la guardiana. De aquí a cuarenta días podrás pedir tu segundo deseo.

A partir de ese día, Joanna dejó de tener prisa para vivir, para sentir, para hacer. El futuro había dejado de empujarla. El presente era sinónimo de continuidad. – Tengo tiempo- se recordaba a sí misma cuando tomaba alguna decisión equivocada. -Tengo tiempo- se repetía en silencio cuando se entretenía mirando las nubes del cielo, cuando amasaba la harina para hacer pan, cuando jugaba con su perro. – Tengo tiempo- se decía al escuchar el viento. Y descubrió que el saberse con tiempo la colmaba de placer.

– El tiempo es una creencia, una metáfora, una vivencia interior. – se dijo para sí. Y sonrió.

Joanna había regresado a su vida cotidiana. La copa de madera tallada estaba guardada en la vitrina de su salón y cuando llegó el día que hacía cuarenta, la cogió entre sus manos y la estrechó en su pecho. El intenso aroma floral volvió a envolverla y como la primera vez de su encuentro, cerró los ojos mientras aspiraba el agradable perfume. Al abrirlos se encontró frente a sí una mujer madura, india americana, sentada en una roca. Tenía una larga cabellera trenzada que caía encima de su pecho hasta la cintura, vestía con pieles suaves exquisitamente ornamentadas con abalorios y delicadas cenefas de colores, mocasines tejidos a mano, su rostro era afable, manos trabajadas por el hacer y porte majestuosamente erguido.

– Eres la guardiana del Cáliz de la Vida, ¿verdad?- preguntó Joanna alegre.

– Si. Mi nombre es Mama Lula. Pertenezco a la tribu de los wahiní. Somos un pueblo de orfebres. ¿sabes cuál es tu segundo deseo?.

Joanna se tomó tiempo. Acarició los relieves del cáliz de madera añeja, olfateó su olor y embriagada por el momento, cerró los ojos. Al abrirlos, la copa nuevamente estaba llena de agua cristalina que bebió despacio.

– Deseo que me concedas confianza.- dijo a la guardiana.

Asintiendo con la cabeza, Mama Lula afirmó:

– Así sea, así es. De aquí a cuarenta días podrás pedir tu tercer deseo- y desapareció.

Sabedora de tener confianza, cuando Joanna se encontraba dudando de merecer eso o aquello, se decía a sí misma – Confía- y dejaba que las cosas pasaran; cuando sentía miedo y vergüenza, se recordaba confiar y volvía a respirar al compás de la vida; si se sentía vulnerable, confiaba en su sentir y seguía adelante.

– La confianza es certeza y la certeza habita en mi interior. – se dijo para sí. Y sonrió.

Transcurridos los cuarenta días, Joanna ja sabía cual sería su tercer deseo. Cuando tubo entre sus manos el cáliz de la nobleza, apareció a su lado una anciana de pequeña estatura. Estaba de pie, apoyada en un bastón, de porte elegante y discreto. Vestía con delicada sencillez. En su rostro se dibujaban las arrugas de la experiencia y sus ojos brillaban con inocente alegría, sus manos mostraban una larga vida. Sonreía.

– ¿Cuál es tu nombre?- preguntó Joanna.

– Mi nombre es innombrable hija mía, todos están en él. Soy Guardiana del Cáliz de la Vida. Pide tu tercer deseo y te será concedido.- contestó la hermosa anciana.

– Abuela, todo está en mí. – dijo Joanna. Respiró y continuó diciendo: – Deseo recordar.- Joanna inclinó su cabeza ante la Guardiana. Ésta, posó su mano en el rostro de Joanna alzándolo para mirarla de frente y dijo:

– Así sea, así es.

 

De la vulnerabilidad humana

«La vulnerabilidad no es debilidad», dice Brene Brown. La vulnerabilidad es la condición humana en la que aprendemos a ser en el mundo. Manejarnos en la vulnerabilidad, asumirla y honrarla, es vivir en la autenticidad del ser. Me inspiró el escrito de Álvaro Merino en su blog «Pulgada a pulgada«, titulado «El poder de la vulnerabilidad«. En él adjunta la breve charla de Brene Brown compartiendo su saber sobre vulnerabilidad. Muy inspirador.

Os dejo con la compañía de Simone de Beauvoir; un breve fragmento de su obra  «El segundo sexo». Me evoca los inicios de la vulnerabilidad humana.

En un principio, el mundo sólo está presente para el recién nacido en forma de sensaciones inmanentes; sigue inmerso en el seno del Todo, como en los tiempos en los que habitaba las tinieblas de un vientre; alimentado con el pecho o el biberón, le embarga el calor de una carne maternal. Poco a poco, aprende a percibir los objetos como distintos de él: se diferencia de ellos y al mismo tiempo, de forma más o menos brusca, se aparta del cuerpo nutricio; a veces reacciona ante esta separación por una crisis violenta (1), en cualquier caso, en el momento en que se consuma -más o menos a los seis meses- empieza a manifestarse mediante gestos, que se convierten en verdaderos cortejos, el deseo de seducir al otro. Esta actitud no se define con una elección razonada, pero no es necesario pensar una situación para hacerla existir. De forma inmediata, el niño de pecho vive el drama original de todo existente, que es su relación con el Otro. El hombre vive su abandono en medio de la angustia. Huyendo de su libertad, su subjetividad, quisiera perderse en el seno del Todo: es el origen de sus fantasías cósmicas y panteístas, de su deseo de olvidar, de dormir, de éxtasis, de muerte. Nunca consigue abolir su yo separado, per al menos desea alcanzar la solidez del en-sí, quedarse petrificado como cosa; singularmente cuando aparece congelado por la mirada del otro empieza a percibirse como un ser. Hay que interpretar las conductas del niño desde esta perspectiva: en forma carnal, descubre la finitud, la soledad, el abandono en un mundo extraño; se trata de compensar esta catástrofe alienando su existencia en una imagen cuya realidad y valor fundamentará el otro. Al parecer, a partir del momento en que percibe su reflejo en los espejos -momento que coincide con el del destete- empieza a afirmar su identidad (2): su yo se confunde con este reflejo de tal manera que sólo e forma al alienarse. Independientemente del papel más o menos grande que desempeñe el espejo, es seguro que el niño comienza hacia los seis meses a comprender los gestos de sus padres y a percibirse bajo su mirada como un objeto. Ya es un sujeto autónomo que se trasciende hacia el mundo, pero sólo se encontrará consigo mismo en una imagen alienada.

Cuando el niño crece, lucha de dos formas contra el abandono original. Trata de negar la separación: se acurruca en los brazos de su madre, busca su calor vital, exige sus caricias. Trata de hacerse justificar por la opinión ajena. Los adultos se le aparecen como dioses: tienen poder para conferirle el ser. Experimenta la magia de la mirada que le metamorfosea en un delicioso angelito o bien en un monstruo. Estos dos sistema de defensa no se excluyen:  todo lo contrario, se completan y se interpenetran. Cuando la seducción triunfa, el sentimiento de justificación encuentra una confirmación carnal en los besos y las caricias recibidos, el niño expresa la misma pasividad feliz en el regazo de su madre bajo su mirada cariñosa. Durante los tres o cuatro primeros años no existe diferencia entre la actitud de las niñas y la de los niños; todos tratan de perpetuar el estado de felicidad que precedió al destete; en ambos encontramos conductas de seducción y de cortejo: los niños están tan deseosos como sus hermanas de gustar, de provocar sonrisas, de hacerse admirar.

Es más satisfactorio negar el desgarramiento que superarlo, más radical perderse en el corazón del Todo que hacerse petrificar por la conciencia ajena: la fusión carnal crea una alienación más profunda que cualquier rendición anta la mirada ajena. La seducción, el cortejo representan un estadio más complejo, menos fácil que el simple abandono en los brazos maternos. La magia de la mirada adulta es caprichosa; el niño pretende ser invisible, sus padres entran en el juego, lo buscan a tientas, se ríen y bruscamente declaran : «Ya basta, no eres invisible en absoluto.» Una frase del niño divierte a todo el mundo, pero la repite y todos se encogen de hombros. En este mundo tan inseguro, tan  imprevisible como el universo de Kafka, se tropieza a cada paso (3). Por esa razón tantos niños tienen miedo de crecer; se desesperan si sus padres dejan de sentarlos en las rodillas, de aceptarlos en la cama: a través de la frustración física, experimentan de forma cada vez más cruel el abandono del que el ser humano siempre toma conciencia con angustia.

Aqui empiezan a aparecer las niñas como privilegiadas. Un segundo destete, menos brutal, más lento que el primero, aleja el cuerpo de la madre de los abrazos de sus hijos, pero los besos y caricias se niegan sobre todo a los niños; a la niña se le sigue mimando, puede vivir pegada a las faldas de su madre, el padre la sienta en sus rodillas y le acaricia el pelo; la visten con ropas suaves como besos, los adultos son indulgentes con sus lágrimas y sus caprichos, la peinan con esmero, se ríen con sus gestos y coqueterías: los contactos carnales y las miradas complacientes la protegen de la angustia de la soledad. Sin embargo, al niño le prohíben incluso la coquetería; sus maniobras de seducción, sus farsas molestan. «Un hombre no pide besos… Un hombre no se mira en el espejo… Un hombre no llora», le dicen. Quieren que sea «un hombrecito»; sólo liberándose de los adultos contará con su aprobación. Sólo gustará cuando no lo esté buscando. (…)

(1) Judtih Gautier relata en sus recuerdos que lloró y se desmejoró tan lamentablemente cuando la separaron de su nodriza que hubo que reunirlas de nuevo. No fue destetada hasta mucho más tarde.

(2) Esta teoría es la que propone el doctor Lacan en Complexes familiaux dans la formation de l’individu. Este hecho, de una importancia primordial, podría explicar que durante su desarrollo «el yo conserve la imagen ambigua del espectáculo».

(3) En L’Orange bleue, Yassu Gauclère dice a propósito de su padre: «Su buen humor me parecía tan temible como sus impaciencias, porque nada me explicaba lo que lo podía motivar… Insegura ante sus estados de ánimo como lo habría estado ante los caprichos de un Dios, lo reverenciaba con inquietud… Lanzaba mis palabras como si jugara a cara o cruz, preguntándome cómo serían acogidas». Y más adelante relata la anécdota siguiente: «Como un día, después de que me regañaran, empecé con mi letanía: Tabla vieja, cepillo de encerar, horno, palangana, botella de leche, sartén, etc., mi madre me escuchó y soltó una carcajada… Unos días más tarde traté de utilizar mi letanía para calmar a mi madre que me había vuelto a regañar. Nunca lo hubiera hecho. En lugar de reírse, aumentó su severidad, y me gané un nuevo castigo. Me dije que la conducta de las personas mayores era decididamente incomprensible».

 «El segundo sexo. Vol II. La experiencia vivida» de Simone de Beauvoir.

Seguidamente encontraréis el vídeo de la segunda charla de Brene Brown que continua desarrollando el tema de la vulnerabilidad. Se titula «Escuchando la vergüenza».