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cortos, mínimos, más largos… relatos

Morir antes de dejar el cuerpo

Me contaron que sentir lo que siento era ser egoísta, orgullosa y necia, y me lo creí. Aún era pequeña. Quien me lo decía me amaba, así que ¿cómo dudar?. Desde entonces andé por los paisajes que la vida me ofrecía a tientas, dudando de si era bueno o no lo que sentía, de si era adecuado, si era acertado. Delante de mi percibía la mentira y el engaño que no se ve, sólo se siente, pero eso no importaba a nadie; sólo la apariencia es verdadera. Me enseñaron a comportarme correctamente, como una niña bien educada, callada, quieta, pero eso era imposible para mí. Solía estar siempre enfadada con el mundo porque no lo entendía ni me entendían. Con el tiempo y la zapatilla de mi mamá, me corregí la mala tendencia de cuestionar, y aprendí a callarme. En mi interior, andaba entre la duda y el asco, el deber y el hacerlo el bien, y decidí que sentir era demasiado para mí. Me disocié, pero eso es tan común en nuestra sociedad, que por fin parecí ser normal, una más, otra más normalizada.

Pero la voz del alma no hay quien la calle, ni siquiera la propia muerte, así que salía y volvía a salir aunque la oprimía una y otra vez entre gritos de socorro y de ira. Y todo mi dolor se fue instalando en la forma que me sostenía, con tensiones lumbares, hombros encogidos, estreñimiento, dietas para estar en el peso perfecto, disciplina y crisis de identidad acumuladas una tras otra, enfocada en el hacer, la buena apariencia, la tendencia al perfeccionismo, resguardada en mi mundo imaginario donde las personas eran amables, mi amor era un caballero, mi hogar dulce y mi familia en perfecto orden, sin perturbaciones, todo quieto, congelado para que no se desmontara la magia.

Y la vida seguía pasando por mi lado, mientras yo me ahogaba en un mundo ficticio, de cristal, luchando para ser la más productiva, elegantemente aparente, perfectamente arrogante, y siempre en discreta alerta máxima para ocultar mi profundo miedo a vivir.

De todo esto hace ya una existencia. Afortunadamente la muerte existe para descansar y recuperarse de tanto quehacer. Sigo con el recuerdo de esa vida pasada y aún hoy me sorprende cuánto sufrir podemos aguantar las personas, cuánta locura, cuánta insensatez, cuánto desamor.

La felicidad no depende de nadie más que de una misma- me decían mientras agonizaba, pero eso era demasiado difícil de entender para mí, ¿cómo podía ser posible? ¿Acaso yo quiero todo este sufrir?. Eso es una sandez. – decía yo con profundo desprecio. Cuando por fin el cansancio de tanto luchar por ser lo que tenía que ser me venció, solté mi historia, entera, tooooodo lo vivido, todo lo sentido, cada detalle bueno y malo; y entendí que nada es bueno o malo, que todo es experienciar-se, si se puede decir así. Me quedé vacía y en el vacío sentí lo que nunca cambia ni se transforma, lo siempre es, lo que perdura más allá de todo, incluso del miedo: el Amor infinito.

Nadie habla de la muerte así, o a penas nadie. Lo que no saben la mayoría es que la viven muriendo.

Yo ahora si lo sé. He aprendido a saberlo. Eso espero.

Amor y Servicio

El cáliz de la nobleza

El cuento es un universo contado donde todo significa y nada es imposible. Los árboles cantan canciones de cuna, las nubes juegan a la comba, los caballos hablan y las rosas no pinchan.  Podemos volar impulsadas por la intención y viajar con sólo pensar, hablar bajo el agua y pasear sobre ella. Todo es posible.

Este cuento que he titulado “El cáliz de la nobleza”, está creado para acompañar el proceso de un colectivo de mujeres que caminamos al encuentro de definir nuestra identidad común. Todas nosotras somos Facilitadoras de Biodanza y estamos empeñadas en cocrear juntas una nueva manera de vivir, convivir, laborar y hacer. Llevamos dos años de andadura tejiendo vínculos. En cada encuentro nos proponemos seguir creciendo como comunidad y para ello ideamos maneras de faciltarnos el empeño.

En esta ocasión nos ofrecimos tres compañeras para trabajar la abundancia y el reconocimiento de nuestros dones y talentos. El proceso co-creativo a tres ha sido una experiencia que ha marcado un antes y un después en mi hacer. Ahora se que es posible trascender la pesada carga que arrastra el trabajar, porque entre las tres hemos liberado su yugo con ilusión, dedicación, entrega y la verdad de cada una al servicio de nuestra comunidad.

Este cuento que os presento, forma parte de la sesión que preparamos juntas las tres hacedoras. Lo creé con la intención de recordarnos que todo se halla dentro de nosotras nosotros; reconocer esa verdad es camino y destino. Está integrado en el momento de la sesión en que dejamos de danzar para escuchar a la que nace como narradora. Esa soy yo. Gracias por descubrirme.

Para todas y todos los que escuchamos.

Había una vez una niña llamada Joanna. Su familia era rica, muy rica, tan rica que la casa donde vivían era tan grande que para hablarse de una punta a otra, lo hacían por teléfono. Joanna tenía todas las cosas que quería y que podían comprarse con dinero pero le faltaba algo que no sabía qué era. Pensaba y pensaba y no encontraba ninguna palabra que definiera lo que tanto anhelaba.

Cuando iba a cumplir los once años de edad, justo antes de “hacerse mujer” como le había dicho su mamá, Joanna decidió marcharse en busca de lo que tanto ansiaba y no sabía nombrar.

Pasaron años y experiencias, encontró personas que la ayudaron y otras que no, conoció el amor y el desamor, el miedo, el coraje, el odio y la reconciliación, fue madre, esposa y amante, disfrutó de salud y también supo qué era la enfermedad, vió morir y nacer, voló en avión, nadó en el mar y se sumergió en sus aguas profundas, rezó, labró la tierra e hizo su propio huerto, aprendió a cocinar, conoció la pobreza, ganó mucho dinero, aprendió a conducir, navegó por un lago, caminó con zapatos de tacón y con alpargatas, lloró de tristeza y también de risa, unas veces perdía y otras conseguía, a veces se caía y otras tantas andaba erguida, estuvo quieta, danzó… y seguía faltándole alguna cosa que no sabía nombrar. -¿Qué es?- se preguntaba a menudo. No hallaba respuesta.

Un día decidió regresar al hogar. Al llegar se encontró la gran casa escondida entre matojos y altas hierbas; abrió la puerta y entró en su interior. Estaba repleta de telarañas y polvo, habían crecido plantas en su interior, los muebles y la decoración estaban en el mismo lugar, allí, olvidados entre los recuerdos y el abandono. Hacía mucho que nadie habitaba el lugar.

Recorrió todas y cada unas de las estancias de la gran casa. Al entrar en su habitación descubrió sobre su mesita de noche un objeto que no reconocía: era una hermosa copa de madera tallada por la mano de algún artesano artesana experimentada. Al cogerla entre sus manos olió un agradable e intenso perfume a flor que la hizo cerrar los ojos y aspirar con profundidad. Al abrirlos se encontró frente a ella una joven amazona de cabellos negros, piel morena, mirada serena y profunda. Joanna no se asustó lo más mínimo, ni tan solo se sorprendió; parecía conocer a la joven mujer pero no conseguía recordarla. Le preguntó quién era, a lo que la amazona contestó:

–  Soy O’quaki-ne. Quiere decir “Mujer lluvia”. Soy una de las tres guardianas de la copa que sostienes entre tus manos. Es el Cáliz de la Vida y tiene el poder de concederte tres deseos.

Joanna la miraba atenta. O’quaki-ne, continuó diciendo con voz calma:

– Los deseos nacen de la Fuente de la Vida. Encuentra tu primer deseo y házmelo saber.- Luego desapareció.

Joanna se quedó quieta. Seguía con la copa de madera entre sus manos. La miró detenidamente, observó sus relieves de hojas y flores talladas a mano, acarició su forma con los dedos, olfateó la madera añeja y volvió a cerrar sus ojos. Se sentía tranquila, satisfecha, en calma. Al abrirlos de nuevo, la copa estaba llena de un líquido transparente. No dudó un sólo instante y bebió. Era agua cristalina. Al sentir como recorría su interior, supo qué deseo pediría a la joven amazona.

O’quaki-ne apareció nuevamente ante de ella y Joanna le dijo convencida:

– Mi primer deseo es que me concedas tiempo.

– Así sea. Así es.- contestó la guardiana. De aquí a cuarenta días podrás pedir tu segundo deseo.

A partir de ese día, Joanna dejó de tener prisa para vivir, para sentir, para hacer. El futuro había dejado de empujarla. El presente era sinónimo de continuidad. – Tengo tiempo- se recordaba a sí misma cuando tomaba alguna decisión equivocada. -Tengo tiempo- se repetía en silencio cuando se entretenía mirando las nubes del cielo, cuando amasaba la harina para hacer pan, cuando jugaba con su perro. – Tengo tiempo- se decía al escuchar el viento. Y descubrió que el saberse con tiempo la colmaba de placer.

– El tiempo es una creencia, una metáfora, una vivencia interior. – se dijo para sí. Y sonrió.

Joanna había regresado a su vida cotidiana. La copa de madera tallada estaba guardada en la vitrina de su salón y cuando llegó el día que hacía cuarenta, la cogió entre sus manos y la estrechó en su pecho. El intenso aroma floral volvió a envolverla y como la primera vez de su encuentro, cerró los ojos mientras aspiraba el agradable perfume. Al abrirlos se encontró frente a sí una mujer madura, india americana, sentada en una roca. Tenía una larga cabellera trenzada que caía encima de su pecho hasta la cintura, vestía con pieles suaves exquisitamente ornamentadas con abalorios y delicadas cenefas de colores, mocasines tejidos a mano, su rostro era afable, manos trabajadas por el hacer y porte majestuosamente erguido.

– Eres la guardiana del Cáliz de la Vida, ¿verdad?- preguntó Joanna alegre.

– Si. Mi nombre es Mama Lula. Pertenezco a la tribu de los wahiní. Somos un pueblo de orfebres. ¿sabes cuál es tu segundo deseo?.

Joanna se tomó tiempo. Acarició los relieves del cáliz de madera añeja, olfateó su olor y embriagada por el momento, cerró los ojos. Al abrirlos, la copa nuevamente estaba llena de agua cristalina que bebió despacio.

– Deseo que me concedas confianza.- dijo a la guardiana.

Asintiendo con la cabeza, Mama Lula afirmó:

– Así sea, así es. De aquí a cuarenta días podrás pedir tu tercer deseo- y desapareció.

Sabedora de tener confianza, cuando Joanna se encontraba dudando de merecer eso o aquello, se decía a sí misma – Confía- y dejaba que las cosas pasaran; cuando sentía miedo y vergüenza, se recordaba confiar y volvía a respirar al compás de la vida; si se sentía vulnerable, confiaba en su sentir y seguía adelante.

– La confianza es certeza y la certeza habita en mi interior. – se dijo para sí. Y sonrió.

Transcurridos los cuarenta días, Joanna ja sabía cual sería su tercer deseo. Cuando tubo entre sus manos el cáliz de la nobleza, apareció a su lado una anciana de pequeña estatura. Estaba de pie, apoyada en un bastón, de porte elegante y discreto. Vestía con delicada sencillez. En su rostro se dibujaban las arrugas de la experiencia y sus ojos brillaban con inocente alegría, sus manos mostraban una larga vida. Sonreía.

– ¿Cuál es tu nombre?- preguntó Joanna.

– Mi nombre es innombrable hija mía, todos están en él. Soy Guardiana del Cáliz de la Vida. Pide tu tercer deseo y te será concedido.- contestó la hermosa anciana.

– Abuela, todo está en mí. – dijo Joanna. Respiró y continuó diciendo: – Deseo recordar.- Joanna inclinó su cabeza ante la Guardiana. Ésta, posó su mano en el rostro de Joanna alzándolo para mirarla de frente y dijo:

– Así sea, así es.

 

El eterno sin tiempo

Me desperté súbitamente con el recuerdo vivo de su presencia y el momento. Habían pasado treinta y dos años desde que nos vimos por última vez. Fue en el tren camino a las montañas.

Había tensiones en las calles, el país andaba revuelto pero el amor pulsaba fuerte sin restricciones y decidimos salir a respirar aires limpios, sin contaminar. Nuestro primer paseo solos, tu y yo, porque siempre andábamos acompañados. Era de mal ver, nos decían las normas y nosotros, por si acaso, seguíamos el curso del amor limitado.

El tren se paró justo antes de salir del túnel. Por las ventanas se percibía cercana claridad de luminoso día. Nos miramos con intensidad. El tren inició un pausado retroceso y se paró en la oscuridad. Algo anda mal pensamos a la par. Desde fuera abrieron las puertas y entraron soldados armados. De mi corazón brotó la amarga sensación de lo que nunca deseas que pase.

Nos separaron; hombres por un lado, mujeres y niños por otro. Mientras con la mirada nos seguíamos, su intención y su sonrisa me transmitían la certeza que todo iba bien, que todo saldría bien. Empujada por fusiles, gente asustada y órdenes incomprensibles, dejé de verle y fue entonces cuando el mundo súbitamente enmudeció y mi pecho silente se rasgó como tela de fino lino partida en dos.

Ningún beso selló nuestro amor; no tuvimos tiempo para entregarnos al deseo pero, en el espacio interior donde habita la calma, siempre he resguardado su sonrisa y su intención.

Hoy he salido a la calle confiada, como cada día de estos treinta y dos años. Llevo conmigo muchos recuerdos, unos vivos, otros intensos, algunos de borran con el tiempo. He andado por caminos y senderos, he reído y llorado, he disfrutado, también me he quejado. En ocasiones he desfallecido pero al insistir en seguir, el recuerdo fugaz de su sonrisa y su intención, ha renovado el sentir que todo está bien y, he continuado con el vivir y convivir.

En mi andar matinal me atrajo la singular belleza de una joya expuesta en el aparador de la antigua joyería del barrio. No soy mujer de ostentación y las joyas no suelen llamarme la atención, pero allí estaba parada delante del cristal, absorta por la elegancia del diseño: una discreta y hermosa rosa de oro colgaba de unos pendientes con cierre catalán. No es nada fácil encontrar el cierre catalán porque está en desuso. Al desprenderme de su atracción y seguir la marcha, tropecé abruptamente con alguien que como yo andaba ensimismado en sus sentires. Me pareció cómica la situación y me reí sin más. Fue entonces cuando lo vi. En ese breve instante nos miramos y aún sujetándome por el tropiezo, sus ojos y los míos se fundieron en el único latido del eterno estar sin-tiempo y sin mediar palabra nos fuimos acercando más, más y cada vez más hasta sumergirnos en la ternura de nuestro primer beso.

Desde entonces andamos siempre juntos, unidos de la mano. En raras ocasiones nos separamos. Nunca nos alejamos más allá de la distancia de la mirada. A veces sin que lo advierta, me regalo viéndolo; podría parecer que le espío pero sólo es el juego de la inocencia y entonces, como en un suspiro me digo bajito al oído: todo, absolutamente todo sigue eternamente bien.

La Cueva olvidada

Hay un lugar que permanece oculto a los ojos humanos. Se encuentra en espacio de silencio donde la brisa juguetea con silbidos, cantando perfumes de fertilidad. Yo lo conozco como La Cueva de Sommia pero en otras lenguas, otros nombres le dan.

Aunque es espaciosa y se recorre a pie, mejor descalza si puede ser, en la Cueva de Sommia hay lugares donde debes sumergirte bajo aguas tan profundas que fin parecen no tener. Ellas guardan hermoso secreto luminoso brillando en las noches como estrellas de firmamento y titilando suaves acordes que ondean al viento.

Entre laberintos de hiedra y flores de hermosos colores, habita un baúl de tronco de árbol. En su corteza se dibujan formas que cuentan historias y, su tapa es gruesa pero no pesa. Se abre con el cantar del alma y si el canto engaña, permanece cerrado y muy, muy callado.

Se deja acariciar con suavidad. Tiene cosquillas en sus costados y si le susurras bajito a alguno de sus múltiples agujeritos, se estremece y suavemente se mece.

Aunque ausente en el recuerdo humano, nunca se siente olvidado pues habita en Tierra de Sommia donde nada ocurre por azar y todo se entrelaza.

Cuando lo encontré andando en mi aventura del vivir, posé mi rodilla en reverencia y ante él canté la canción de mi sonrisa que suena a fresa y huele a verde que humedece y también levita. No había escuchado todavía mi canto, aún anidando en mi corazón y, antes de terminar, la tapa se abrió. Miles y les de monedas de oro, brillantes relucientes y ssonrientes se mostraron dichosos ante mí.

En cada moneda hay impreso un rostro que pertenece a hadas del bosque, sabios y sabias de los tiempos, enanos, sacerdotisas, artesanos y otros seres de la inmensidad. Junto a sus rostros se encuentra una frase escrita en lengua de duendes. Cada una de las monedas colma un sueño a realizas; cuando ha ha servido, desaparece en luna llena y se junta a cantar con otros  monedas de otras cuevas hasta la próxima luna negra donde dormirá por tres días enteros hasta volver a despertar en la siguiente luna llena, entonando nuevas canciones que contarán historias sin terminar, porque los cuentos son los sueños, son eternos.

El gran cofre siempre se encuentra lleno. Por más que saques una moneda, dos o cien a la vez, siempre está preñado y sólo se vacía cuando ya no hay sueños a realizar. Dicen las sabias y los antiguos que eso ocurrió hace mucho, mucho, mucho tiempo atrás, cuando el tiempo no existía y vivían en la Edad de la Ensoñación confundiendo verdad con falsedad.

Tengo mi moneda en la mano y un sueño a realizar. Después vendré a por otra cuando desee más. Hasta entonces creo y recreo belleza con mi don y talento al servicio de la comunidad.

Catorce de enero del dos mil quince

Sueño de soñadora

Soñaba en mi sueño de soñadora alguna cosa hermosa y luminosa que me hacía sentir feliz, completa, resplandeciente…, pero no la recuerdo. He sido expulsada de mi placer tan bruscamente por la alarma del despertador, que sólo me queda una vaga memoria de suave y tierna dicha.

El repentino espanto me ha abierto los ojos de inmediato y lo primero que he visto ha sido la esquina de mi habitación donde está situada la puerta. En ese instante de segundo y medio, la visión del habitáculo me ha situado en la realidad que he creado sólo para acomodarme al mundo de las formas donde cohabito con el tiempo, que es el factor que moldea y crea la ilusión de lo tangible, lo palpable y lo degradable. Me ha extrañado ver la puerta cerrada de mi habitación porqué nunca la cierro y, activando el modo “ruido” me he dicho que sería por alguna corriente de aire o por el perro o gato que no tengo ni ventana abierta alguna. Sin dar crédito a lo dicho, he parado el despertador para que no volviera a molestarme y, con la intención de regresar a mi sueño de soñadora, me he recostado y cerrado nuevamente los ojos.

En lugar de dormir, he pensado en cómo el cerebro entrelaza lo necesario para que el mundo material sea tal y como deseamos que sea en nuestro inconsciente atrapado por el morir. He sentido mi vejiga llena y he pensado que no debía esperar más para orinar. Al volver a abrir los ojos para levantarme, la puerta estaba entreabierta como siempre la dejo; entonces he sonreído sabiendo que mi mente ha rectificado el error creativo anterior. ¡Buen trabajo! .

Todo lo que sigue forma parte del día que hoy más o menos había proyectado con el programario libre que me permite dejar espacios-tiempo abiertos a la improvisación in situ.

Al terminar la jornada, vuelvo a mi cama y me digo satisfecha que voy avanzando en poner conciencia a lo que creo, a darle la forma que deseo y cuando quiero. Más o menos. Sigo en el empeño.

Herencia humana

Sin percibirlo, han pasado los días, las semanas y los meses sumergida en Kairós y, aunque los acontecimientos se sucedían sin tregua y con gran intensidad preparándome para el evento, había olvidado el propósito de la gestación.

Durante la noche las aguas se han desbordado en mi interior y al despertar, he sabido que ya era momento para soltar el escaso lastre que permanece en una esquina esperando en silencio su desenlace final. Nada, absolutamente nada ni nadie, puede parar el impulso de la vida.

Me he despertado cansada, sosteniendo un peso caducado, marchito, extenuado. Reposo de cuclillas con las plantas de mis pies enraizadas en tierra, deseando relajar la espalda que me pesa y justo entonces, mi vientre se derrite por el canal del disfrute y su presencia se desliza contundente hasta llegar a la ventana entre mis piernas.

Alcanzo el espejo de la cómoda para situarlo debajo de mí y observar qué ocurre. Con grata sorpresa veo despuntar su redonda cabecita, tierna, frágil, mojada. Cierro los ojos y despacio le acerco mis manos: es húmeda, suave, cubierta por una fina capa de grasa que resbala. Entre mi tacto y su incipiente contorno, noto su pulsación acelerada, rítmica, ausente de esfuerzo y lucha. Respiro para concentrar mi atención en el instante y percibo su estar latente, presente, en pausa, como flor consciente esperando confiada el momento de ser mirada.

Palpita la vida dentro de mí en ondas intermitentes de cadencia constante, pujando por salir de una ingravidez ya imposible de sostener.

Los labios externos, carnosos y estimulados, sonríen tensados dejando paso al que emerge sin permiso y con derecho nato. Mis pies siguen apoyados en tierra fértil, desprendiendo olor a jazmín, prado y sombra fresca. Me siento cómoda en posición de cuclillas experimentando cómo mi ser se mece al compás del tránsito. El sol complaciente acaricia mi rostro. Disfruto su calidez. Inspiro y suspiro.

Ausentes las tensiones, surgen de mis grutas internas suaves gemidos desatados por el éxtasis del amor. Lleno mis pulmones de intenciones para soltar cuanto retenga y dejar que todo ocurra por sí mismo, con la única intervención de la Gran Madre que todo habita. De nuevo llega la ola que desata la pasión primaria que alarga mi cuello como loba ululando al cielo, mientras mi vientre empuja fuerte contra el suelo. Ningún temor asoma, sólo el Amor perdura.

Por un breve instante mis dos anteriores partos se hacen presentes. Los recuerdo en la piel como ráfaga de luz envolviéndome en coraje para vivir sin pedir permiso lo que siento. Y regreso al presente afortunada de ser escoltada por sabias ancianas coreando cánticos de hierbas y fragancias eternas, impregnando mi ser de abrazo materno y calor fraternal.

Me acuesto de lado para descansar. En mi cuerpo desnudo siento alguna mano amiga que acompaña mi estar. ¿Cuánto durará? pregunta mi cabeza y el vientre responde sin pensar con paisaje de noche estival. Surgen las primeras estrellas que alumbran el momento. Cerca me aviva el fuego a tierra y el olor a madera. Mi cuerpo rojo fuego intenso, reanuda su danza de encuentro y transpiro empapada de placer entre gemidos de tránsito y feroces empujones, mientras de mis pechos brota dulce leche blanca que, gota a gota, chorro a chorro, saciarán el hambre de la que nace.

¿Resistiré? ¿Me romperé en mil pedazos para desaparecer?. El cansancio abruma. Tras el breve instante de miedo y duda, surge de nuevo el aliento del vivir renovando el empuje con bravía de presente. ¡Respira mi niña!, el éxtasis del orgasmo viene llegando. Me entrego sin más.

La dicha se expande y entre mis piernas explota con intensa y dulce alegría, el gozo y la dicha del animal rasgado. La cabeza ha salido y, todavía contenida entre mis labios dilatados, palpo a mi cría. Todo está bien; ni rastro de sufrimiento. Asoma su impulso, su fuerza, su ser. Inspiro, no hay tregua. La extrema presión se desvanece y regresa el ímpetu de mi vientre para empujar el último tramo… Aquí está ya, deslizándose como pez hacia mis manos, unidas por el vínculo del cordón sagrado, sosteniendo su cuerpo amado, inmersa en cálida e infinita bienaventura.

Ausencia de llanto. Todo respira.

La atraigo hacia mi seno y me fundo en su piel, su olor a limón y canela, su estar presente, su frágil robustez. Aprendo sus manos, su cálida desnudez. Nos impregnamos del momento sagrado, vínculo eterno, infinito, indiferenciado. Todo existe, todo está creado.

Manos tiernas y dulces besos nos envuelven. Dan calor y presencia a mi cuerpo transitado. Mi pelo es acariciado por suave canto mientras mi bebé es mirado, reconocido y bien amado. Hay silencio de alegría y dicha. Sin mirar, siento las sonrisas de cuantos nos rodean. Sigo cautivada por la recién hallada, la recién nacida; permanece acurrucada en mi pecho, tranquila, confiada, entregada. Respira despacito mientras el cordón que nos une va dejando olvidado su latir. Huelo a sangre y a tierra.

Observo sus lentos gestos nadando fuera del agua de mi cuerpo. Con tibieza lavamos su piel tierna y la mía. Y así, entrelazadas las células e impregnadas de abundancia y dicha eterna, sellamos el vínculo a la vida. Los expertos lo llaman impronta natal; para mí es humana herencia.

Lejos se escucha algarabía. Tambores rítmicos mueven los cuerpos que danzan y cantan al son de la vida. Entonan palabras de sabias y sabios ancestros que se yerguen en Pie de Paz proclamando a seres vivos y elementos:

Pertenecemos al Pueblo de Sangre Roja,

Hijas e Hijos de la Tierra.

Somos la Tribu de la Gente. 

Los vientos nos susurran,

las praderas acogen nuestra huella,

llanos y montañas nos sonríen en reverencia

para dejarnos plantar en su fecundo vientre.

 

El río nos da agua,

los pájaros protegen nuestra sentada.

La Gran Madre nos sostiene.

El Gran Espíritu nos habla.

 

Somos la Tribu de la Gente,

Hijas e Hijos de la Tierra.

Pertenecemos al Pueblo de Sangre Roja.

Humanas, humanos por derecho nato.

Es tiempo de dicha.

Cielo de estrellas

Habíamos subido a pie los cuatro pisos y la respiración era acelerada. El deseo de estar solos, juntos, lejos de todo y del resto del mundo, llenaba el espacio que ocupábamos.

Al poner la llave en el paño y girarla para abrir la puerta, me miró y dijo:

– Ya estamos Teresa!

Pronunciaba mi nombre como nadie nunca lo había hecho antes. Mi corazón se aceleraba. Me cogió la mano para entrar juntos piso adentro.

La casa olía a bosque y hierba fresca. Todo estaba limpio, sosegado, vivo, como si nos acogiera con sonrisa de bienvenida. Sin prisas se sacó la chaqueta y mientras se desabrochaba la blanca camisa dijo calmo:

– Mejor así.

Quería imitarlo pero no sabía cómo.

– ¿Me ayudas a deshacer el peinado?- se me ocurrió decirle.

Se situó delante mío, sacando una a una cada aguja que sostenía el entramado del recogido artesanal que me habían hecho para la ocasión. Cuando terminó, sus dedos resbalaron suavemente por mis cabellos liberados haciéndome sentir un dulce y profundo placer.

– Cierra los ojos y ven. Yo te llevo. – dijo cogiéndome la mano con suave firmeza.

Fuimos hasta la habitación y allí me hizo sentar en una esquina de la cama.

– Ahora mirada delante, – escuché- ¿Qué ves?

Me sentía inocente, confiada, curiosa y placenteramente feliz.

– No hay nada. Todo está oscuro, sólo veo un punto luminoso en la pared.

– Síguelo- contestó.

Y seguí el punto que me llevaba a otro y a otro punto más arriba y a otros más que seguían hacia el techo de la habitación. Al inclinar mi cabeza para mirar bien hacia arriba, allí, justo sobre nuestras cabezas, había un cielo de noche clara donde todas las estrellas eran visibles: la Vía Láctea, el carro, Venus,… todas estaban presentes, iluminando la primera de tantas noches de amor de nuestra historia.