amistad

La amistad en la madurez

Hoy hace justo una semana que he vuelto de mis vacaciones estivales. Han sido quince días repletos de sensaciones de todos los colores, formas y hermosos sabores, incluso las lágrimas que derramé sanaron más allá de mí. He visitado lugares extraordinariamente lindos donde las aguas de Mama Gaia lucía sus azules ropajes en cascadas, olas, playas desiertas y superpobladas, barcos anclados iluminados por la luna cascabelera, arena, tierra y el dulce navegar del conversar y estar en silencio, pasear, descansar, divertirme y reírme a carcajadas. He andado sola y acompañada por arenas que limaban mis pies hasta volverlos suaves como de bebé. En la tormenta de una tarde, encontré la furia de un recuerdo que, en el mecer de la noche, sanó para siempre la impronta del desamor. He sentido la caricia en mi pelo, la suavidad de la voz que mece, la mirada amiga, el cuidado de madre y ser bienvenida. Me he alimentado de saludable comida y gozado de ricos helados de chocolate y dulce de leche. Mi piel se ha hidratado de sol, brisa, agua salada y aguda de río, de lluvia y de viento de mar. Mi cuerpo se ha coloreado de hermoso bronce. Las velas en la noche y el blanco de nuestros vestidos, la risa del humo danzando en lo sagrado, las cintas y los decretos, los silencios. … Hermosos días de verano.

El retorno, demasiado intenso.

Integrar de nuevo en mi cotidiano los espacios para Kronos, me genera ansiedad. El segundo día de regreso a la labor, los trabajos domésticos y demás cotidianidades, mi corazón empezó a latir con fuerza apurado por la falta de tiempo. Me descubrí ansiosa y sin demora, decidí encontrar la forma de renovar la ilusión en mi vida cotidiana, empezar de nuevo desde otro lugar. Si, ya se que no es del todo nuevo porque nos conocemos desde hace muchos años, pero esta vez quiero que mi encuentro con el reloj y las obligaciones, con lo que tengo que hacer y todavía me disgusta o me cansa, sea placentero, más placentero, más inocente, más dulce, menos exigente.

Y así, entre respirar, sentir y otras sensaciones, hoy sábado (tres días después del episodio de ansiedad), la nostalgia me ha invitado a pasear con ella por el bosque.

Ha sido un caminar despacio, de melodía. La tierra está mojada después de tres días de lluvia, huele a hierba y romero. Los árboles están jugando con la brisa matutina, el camino está solitario, algún ciclista me saluda. Seguimos andando nostalgia y yo. Ella me invita a recordar el tiempo en que las amigas nos juntábamos a cualquier hora posible para contarnos cosas, anécdotas, pensamientos, deseos, anhelos y sueños. No había móviles entonces pero siempre estábamos allí, siempre había espacio para un paseo, sentarnos en un banco o en el portal, para fumarnos un pitillo a medias, mirar la luna, estar. Con el tiempo, las obligaciones ocupan tanto lugar que nos olvidamos de la cotidiana adolescencia y juventud, donde el tiempo todavía no había perdido su sentido de presente, de regalo.

Nos hacemos mayores, adultas y adultos, y con el tiempo, acumulamos cansancio. El cansancio se cura con descanso y hay descanso en las miradas sinceras de bienvenida, en los encuentros de complicidad, en los espacios de sosiego donde las amigas se encuentran de a dos, a tres o más, para sentirse vivas, escuchadas, acompañadas, divertidas, para jugar, reír y llorar, para estar y renovarnos con la química del afecto y el sin-tiempo. Vivir es Amar y en el arte del amar hay presencia.

Sí, siento nostalgia de esa espontaneidad compartida donde nos sentíamos pertenecer, éramos importantes para la otra, nos echábamos en falta  y nos regalábamos tiempo para estar. Regresar a ese espacio-tiempo donde juntas tejíamos el aprender del amor, con puntos nuevos, inventados, aprendidos, con errores y aciertos. Siento nostalgia de esa disponibilidad inocente, libre de horarios y previsiones de cansancio, porque el presente para mí, cuando es vivido como tal, es vital, vivo, viviente.

En el mundo occidental, el estar con las amigas se pierde con la presencia de la pareja. La pareja pasa a ser la que debe saciarlo todo y con exclusividad y, vivir sin amigas de verdad, es como morir un poquito. Las mujeres necesitamos encontrarnos a menudo para renovar nuestra creatividad y placer por la vida. Los hombres también deben encontrarse con hombres, pero nosotras, yo como mujer, nosotras como mujeres, debemos restaurar nuestros encuentros inocentes, renovar nuestra disponibilidad afectiva y encontrarnos. Nuestra sociedad, tal y como está montada, nos aísla y en ese aislamiento, perdemos el sentido del amor, la verdad del amor, y andamos deambulando entre patrones, roles, cultura y costumbres impuestos desde la inocencia de la cuna, diciéndonos cómo es el amar, con quien, cuando y de qué manera.

Yo deseo más. Deseo respuestas que surjan de dentro y autenticidad, no tu verdad o la mía, sino la verdad porque es la única que nos hace libres. Quiero más encuentros espontáneos, que con mis amigas regresemos a la inocencia del estar, y que juntas vivamos satisfechas los placeres del amor y el amar.

Que así sea. Así es.