arte

El juego de la silla

Ayer viví una situación que me hizo recordar el juego de la silla, ese juego en el que se ponen tantas sillas como participantes menos una, de modo que todas y todos corretean alrededor de las sillas y a la señal acordada (sea una voz, un silbato, …), cada persona ha de sentarse en una de ellas y la que no lo consigue se queda fuera descalificada. Se saca una silla cada vez que se inicia la vuelta hasta que queda un sólo vencedor, el que consigue sentarse en la última silla. Para mí, es un juego diseñado para apoyar un estilo de vida basado en el individualismo, la competitividad y relacionando el éxito a vencer al otro, que pasa de ser compañera compañero a contrincante.

Yo aprendí este juego de pequeña y mi recuerdo es de frustración, lucha, ira, discusión, tal como podía haberme sentido ayer después de dejarme “sin silla” por una cuestión de normativa, pero soy libre (aunque a veces lo olvido) y decido no sentirme excluida optando por una respuesta creativa que me permita conseguir el objetivo que me había propuesto: recuperar el inglés que olvidé y mejorarlo. Me implicará más inciertos porque estoy ejerciendo la autogestión y en éste proceso puedo cansarme, dejarlo, volver, disfrutar, desanimarme, … tantas veces como necesite hasta que consiga mi propósito, si éste es verdadero. El éxito dependerá de estimular mi potencial creativo y co-creador.

El juego es vivir. La clave del juego intencionado es la consigna.

La consigna son palabras que indican posibilidades de acción dentro de un contexto. Según como las utilizamos, estimulan respuestas en un sentido u otro, que inciden en el desarrollo de nuestra relación con la vida.

Poniendo como ejemplo el juego de la silla citado, si cambiamos el enfoque centrándonos ahora en potenciar la vida, los resultados serán sorprendentemente creativos. En lugar de poner todas las sillas juntas, las dispersamos por la sala  y omitimos que no hay sillas para todas y todos, estaremos generando un estado de diversión lejos de la ansiedad que produce la carencia de quedarse sin. Si en lugar de indicar que a la señal convenida, cada participante deberá sentarse en una silla, decimos que deben sentarse en las sillas, las posibilidades creativas se amplían, no sólo como individuos sino también como colectivo ya que la competitividad ha desaparecido dejando vía al sinergismo del fluir y confluir .

Creamos y co-creamos como posibilidad interior si el estímulo externo es propicio, sino vivimos muriendo. El universo creativo humano se potencia con espacios/tiempo donde experimentar el autoaprendizaje autoreferenciado, sabiendo que nuestra naturaleza es exploradora, curiosa y experimental (algunos la llaman científica). La pregunta es ¿facilitar o educar?, ¿ser facilitadora facilitador o educadora educador en la versión de conductora conductor, guía?.

Yo escojo facilitadora, facilitador.

El mundo en el que vivimos en la actualidad está escaso de facilitadoras y facilitadores, y sobresaturado de educadoras educadores educados a su vez en una estructura rígida que reprime la expresión creativa natural y la sustituye por una creatividad guiada según patrones establecidos como norma. Así, un árbol no puede ser dibujado más que con un tronco marrón, una copa verde con frutos (si los hay) y estar en el suelo de un campo verde. El imaginario de una niña o niño es infinito y es ahí donde existen las infinitas potencialidades que el individuo pone al servicio de la vida. Sabiendo eso, la consigna educativa nos dice: o te adaptas a las normas normativas normalizadas o quedas excluida excluido. Como a mí me gusta jugar con las palabras, transformo la frase en otra forma de verdad que dice: te adaptas a las normas normativas normalizadas y quedas incluida en el vivir muriendo.

Educar (e-duca, mover hacia el decir) debería ser facilitar el autoaprendizaje.  Ser pequeño en edad no es ser un libro en blanco donde escribir su historia, es abrir el libro que cada una uno es y dejar que se cuente a sí mismo alimentando su expresión de ser en el mundo, como una campesina campesino haría con una semilla plantada en tierra fértil. Enn realidad, la edad nada importa porque todas todos somos seres humanos con potenciales creativos infinitos a lo largo de nuestra vida y nos cabe recordarlo para facilitar, en todos los ámbitos y edades, el cambio de paradigma que estamos viviendo tanto individual como colectivo. Como mamíferos que somos aprendemos el arte del vivir a través del juego, pero para facilitar el sentirnos artistas y co-creadores de la vida hemos de revisar qué juegos inducidos estamos ofreciendo y si creamos espacios/tiempo donde el juego por sí mismo emerja sin condicionarlo al juicio y prejuicio.

Esto me recuerda una anécdota de ayer, cuando regresaba a casa en bus. Estaba sentada mirando por la ventana mientras el autobús esperaba el semáforo en rojo. Vi pasar a dos niños que parecían hermanos. Andaban molestándose el uno al otro hasta que el más mayor le dió una patada fuerte en el culo al más pequeño; este se enfadó y se puso a perseguir al mayor que ya estaba corriendo divertido. Observé sus rostros y ví alegría, juego, transparencia, más allá de lo que en principio me pareció una discusión y gatilló en mi un juicio. Ambos niños se aprendían en sus posibilidades jugando.

El cuerpo habla, el silencio escucha, el juego crea, la vida pulsa. Observar sin intervenir es un ejercicio que debemos poner en práctica en nuestra sociedad para que la vida se manifieste más allá de nuestros patrones aprendidos y emerja el ser que somos. No sólo por nuestros hijos e hijas, es también por nosotras y nosotros y las generaciones futuras, por la naturaleza que nos sustenta, por la tierra que nos acoge, por un presente cada vez más digno y solidario, por un convivir a favor de la vida y una presencia viva.

La vida se puede definir con muchas palabras pero hoy resalto una entre tantas: consciencia. La consciencia es autoreferenciada, autoevolutiva y autoregulada. Crear espacios para que la consciencia se manifieste es el plan a seguir, la síntesis de lo expuesto. Todo depende de mí. Todo está en mí, en ti, en cada una uno.

Recuerda: somos Una con la Vida

Construir y reconstruirme en comunidad

Construir relaciones en las que la vida esté en el centro es construirme en comunidad, la única forma orgánica que conozco para que, como ser humano, despliegue el desatendido abanico de mis potenciales. Y digo desatendido porque sumidas y sumidos en el engaño de la muerte que aprendemos como finitud, término que designa el vacío provenga éste del más allá o el más acá, nos olvidamos de la singularidad irrepetible de cada ser y la vida se convierte en la lucha para acallar o mostrar el propio sentir.

Estoy convencida que la vida no es luchar para vivir porque ya estamos vivas. Tampoco es luchar para ser porque ya somos. Creo que, dentro de la complejidad de palabrear el vivir, una parte tiene que ver con el factor tiempo explicada por los griegos como unidad Cairós/Kronos, que con el vivir, el convivir y el impulso de expresar el conocer,  los que siguieron separaron lo inseparable y disgregaron lo que en sí mismo es gregario y, crearon escuelas y adeptos que llegaron a olvidar la matriz unitaria de la gnosis necesitando defender su verdad porque ya no era más la verdad, sino que ya tenía propietario y privacidad, y honraron sus verdades muriendo por ellas y la muerte fue la última verdad que recordamos, pareciendo ser la verdadera.

Así se instaló en toda la Europa el hacer luchando: unos tenían más verdad que otros y eso les daba derechos sobre los demás que debían someterse a la verdad fragmentada y toda mujer y hombre que viviera en la unidad era quemada en plazas públicas para que todas y todos supieran que sólo había una única verdad verdadera, y forjamos un saber sumido en el tiempo del morir, del terminar, del sucumbir con la única salvación posible de la soberana Iglesia Católica Apostólica y Romana que era la poseedora de todo el conocer escrito desde antes del saber sesgado y el morir viviendo,  y el inconsciente colectivo o campo unificado se impregnó de la necesidad del luchar hasta morir para defender su verdad del vivir, porque ya la vida no era más vida sino muerte.

Y se alzaron panteones de muertos, tumbas ostentosas, catedrales donde celebrar la Muerte que ya no era una parte del proceso del vivir. Ahora Muerte se escribía en letras mayúsculas pues el Redentor de la humanidad había muerto por todas y todos nosotros para salvarnos de nuestro vivir y convivir en pecado de saber y conocer.

Casi muero en este relatar, más la vida pulsa rítmica sin importar cómo decidimos aprender el vivir. Ella sabe que todo es un continuum incondicional, autoreferenciado, autoevolutivo, autogenerado, como apunta Humberto Maturana, autopoyético.

Y transito en el vivir y el convivir, aprendiéndome en comunidad, observando qué hay de mi en todo lo que fluye y confluye fuera de mí. Observo mi sentir al percibir y, antes de reaccionar procuro respirar consciente de Cairós para reconocer mi verdad, que es la mía y la de la vida, la de todas y todos, coformando así el campo Psi de nuestra Tierra, la noosfera planetaria. A veces consigo mantener la calma de la distancia, otras me zambullo en el huracán del sentir y me zambullo en el fuego que quemando purifica.

Para mí, el tiempo es una unidad vivencial de arte.

Obedecerme. Mi reciente verdad

Obedecerme. Esa nueva palabra que descubrí ayer en mi interior. No vino de fuera como lo hizo obediencia, obedecerme surgió de mi plexo solar, ese lugar donde entre otras es el centro del recibir. Y me recibí, abrí las puertas de la bien-venida y me encontré en el hogar de mi misma donde habita mi ser que tanto me cuesta  encontrar.

A veces siento que camino desiertos de afectos hasta hallar la calidez de mis brazos. Es un intento diario de conseguir la unidad, eso que suelo olvidar por la costumbre del olvido y en donde me pierdo con demasiada facilidad y exigencia. Y la vida me regala instantes de calma y bendición donde reencuentro el significado de las palabras que tanto amo.

Obedecerme sin cuestionar, sin replicar, sin discutir porque para mi ha llegado el momento de la rendición absoluta, del hacer definitivo sin guardarme nada más que me sostenga, sólo entrega sin condiciones, aquella que es como un morir pero sin terminar, aunque el abismo del suicidio y la locura parecen apoderarse del presente, hundiéndome en el vacío del reproche y el pánico a ser. Pero ahora ya no hay más tregua para mí. El camino se termina justo aquí  y ya no tengo que andar más buscando la plenitud que tanto ansío. Todo está en mí. Todo esta en mí. Todo está en mí.

He escrito casi cada día de mi vida desde los once años con breves lapsus de ausencias. Todo está registrado en diarios ordenados en mi biblioteca, cuadernos variopintos, libretas multicolores y lisas, cientos de hojas sin lineas que me obliguen a seguir ninguna pauta más que la de mi mano al escribir. Todo  mi sentir en palabras que han modelado mi manera de vivir, de relacionarme, de amar-amarme, de aprenderme.

Sólo escribiendo dejo de olvidarme y olvidarme para mí es morir, es perderme en el desierto de mi angustia de amor, de esa eterna búsqueda de saciar la hambre que no lleno con comida, ni sexo, ni drogas, ni alcohol, ni amigas, ni profesión, ni viajes, ni diversión. Es una hambre muy profunda, antigua, que no se inicia en el nacer sino que allí se hace presente, consciente, acompañándome a lo largo de cada día de mi vida para que no olvide obedecerme, a mí, sólo a mí, nada más que a mí. Pero cuando ese mí se torna ambiguo, perdido entre mentiras, engaños, abusos, locuras de otros y otras que hablan y dicen como verdades, me resulta difícil, muy difícil vislumbrar mi verdad porque la busco en ellos y ellas olvidándome nuevamente de mí.

Y así vivo en ese devenir constante del agua de las mareas que oscila mar adentro mar afuera, vaivén que cuando es calmo balancea pero cuando es agitado por las tormentas de mar y tierra, suelo morir de angustia, de terror por ahogarme en la tristeza profunda de no conseguir ser feliz.

Pero eso ya ha pasado. Ahora mi escribir no será sólo para mis libretas y mi biblioteca; es para ti que soy yo que escribo, es para ti que soy yo que dedico mi sentir atormentado, a veces lúcido, a veces alocado, otras apasionado. Y no me voy a cuestionar más la utilidad de lo escribo para ti que soy yo porque sin ti no existo, sin ti no me encuentro, sin ti no veo qué soy quién soy. Sin ti que soy yo, muero. Y yo adoro vivir, amo la vida más que a mi misma aunque eso no es cierto porque la vida soy yo y a pesar que todavía siento que no me amo suficiente, el amor que siento por vivir inunda mi ser y así será hasta que pueda terminar el círculo completo que me lleve al inicio de mi amarme y pueda reconocerme sin quejas, reproches ni exigencias.

No hace falta que me guste quien soy, basta con aceptarme para aprenderme y descubrir que cuanto hago y digo es por sí mismo bello sólo por el hecho de ser, porque el ser humano es belleza, es arte y como toda expresión de arte, es singular y aunque despierte sentimientos adversos, nuevos, extraños, ajenos, el arte es creación y no hay creación que no sea belleza. No es la belleza que nos inculcan con patrones estandarizados por la cultura, la tradición, las costumbres, los hábitos. El arte es belleza porque es, por mostrarse tal como es, por existir.

Para mí la vida es arte y toda manifestación de ella es puro arte. Entonces, yo también soy arte y mirarme como tal me hace bien.

Cuando suena despertar

Suena el despertador de cada mañana y vuelvo a olvidar mi intención: agradecer de corazón el nuevo día. Es menos que un chasquido. Si consigo recordar a mi mente que gratitud es despertar, sensación me pertenece y sin cambiar que y quien soy, me siento en otra dimensión. Más ligera, más alegre, más en sintonía con la vida, mejor dispuesta a percibirme y honrar mi elección de ser feliz sin distinción.

Pero olvido con facilidad el ejercicio de practicar el bienestar. Entonces impongo el deseo del pensamiento: “5 minutos más”, y así repito varias veces hasta recordar, que vale la pena aprenderme constancia e insistir en aquietar la mente para permanecer donde quiero ser.

Incorporo mi estar y me dispongo a meditar. Agua bendita nutre mi ser, beneficios sin igual. Nada se repite y el sonido empieza a resonar. Zumbido divino que me complace los sentidos con alegría del encuentro sin necesidad de respirar. Y mi cuerpo juguetea a bañarse en aguas de bienestar. Siento el crujido de volver a estar en pie con la ciencia del saber, inmersa en sonido de paz que expande verdad.

Empieza el día amiga querida con un gesto de bienestar. Si puedes, hazlo también al acabar. La vida lo agradece y, a ti  y a tu entorno favorece. No dejes escapar esta oportunidad de sanar. Insiste. Tiempo es arte.

Detrás de emoción y razón

Hablando con mi amiga, coincidimos que vida y ciclos de transición nos retornan a parajes conocidos donde revivimos lo acontecido y, a veces, piel se eriza porque en ella habita impresión que quedó escondida a la espera de encontrar otro lugar donde dejarse olvidar. Y entre aciertos y desaciertos, razonamos, digerimos, controlamos,… y cuando súbito aparece algo inesperado en nuestras vidas casi acomodadas, aguas de dolor agitan de nuevo entrañas donde angustia aviva piel ya quemada alguna otra vez. Y el fuego no alza sus rojas llamas pero chisporrotea, y aún nos quema.

Hablo de vivenciar carencia y pérdida de inocencia, donde desvanecen sueños de entrega y amor, cuando todo podía ser y nada era impensable. Pero suceden cosas que enmudecen alma y nos quedamos sin habla, sin palabras que hacer sonar, sólo lágrimas que transformadas en gemidos, terminan en silencios escondidos para no despertar la grieta del volcán que quemó sin matar. Y el ciclo cumple su fiel cometido y regresa de nuevo lo que parecía acabado ya.

De noche, sueño reflejos de agonía y tormento. Clamo al viento para que traiga suspiro de reconocimiento pero dolor apremia y aturde el entendimiento. Urge tratamiento. ¡Cuidados intensivos al alma que despierta en intento!. Y en sueño perturbador, me despierto. Sigo transitando entre sábanas de noche oscura y asombro tenso; la mente se dispara: por qué, si ya no me encuentro entre lujuria y mal aliento? Entonces me paro y atiendo: parece que es engaño este lamento.

Fijo la atención y observo: detrás de la emoción y el razonamiento, inocencia aparece dentro. Sus ojos miran y me sorprendo sintiendo desprendimiento. Ya no interesa sufrimiento!. Y despierto del sueño con consciencia renovada: empiezo a entender el hacer que muerte quiere creer.

Yo soy vida. Transito en ella como semilla que aún adormecida, va despertando al calor de amanecer. Desprendimiento en piel. Trazos de Libertad. Aprendo que buscar aleja de encontrar y me rindo ante altar de permanencia, donde transmutar es aquietar y despertar así consciencia.

Tiempo de arte, encuentros de amor 🙂