comunidad

Construir y reconstruirme en comunidad

Construir relaciones en las que la vida esté en el centro es construirme en comunidad, la única forma orgánica que conozco para que, como ser humano, despliegue el desatendido abanico de mis potenciales. Y digo desatendido porque sumidas y sumidos en el engaño de la muerte que aprendemos como finitud, término que designa el vacío provenga éste del más allá o el más acá, nos olvidamos de la singularidad irrepetible de cada ser y la vida se convierte en la lucha para acallar o mostrar el propio sentir.

Estoy convencida que la vida no es luchar para vivir porque ya estamos vivas. Tampoco es luchar para ser porque ya somos. Creo que, dentro de la complejidad de palabrear el vivir, una parte tiene que ver con el factor tiempo explicada por los griegos como unidad Cairós/Kronos, que con el vivir, el convivir y el impulso de expresar el conocer,  los que siguieron separaron lo inseparable y disgregaron lo que en sí mismo es gregario y, crearon escuelas y adeptos que llegaron a olvidar la matriz unitaria de la gnosis necesitando defender su verdad porque ya no era más la verdad, sino que ya tenía propietario y privacidad, y honraron sus verdades muriendo por ellas y la muerte fue la última verdad que recordamos, pareciendo ser la verdadera.

Así se instaló en toda la Europa el hacer luchando: unos tenían más verdad que otros y eso les daba derechos sobre los demás que debían someterse a la verdad fragmentada y toda mujer y hombre que viviera en la unidad era quemada en plazas públicas para que todas y todos supieran que sólo había una única verdad verdadera, y forjamos un saber sumido en el tiempo del morir, del terminar, del sucumbir con la única salvación posible de la soberana Iglesia Católica Apostólica y Romana que era la poseedora de todo el conocer escrito desde antes del saber sesgado y el morir viviendo,  y el inconsciente colectivo o campo unificado se impregnó de la necesidad del luchar hasta morir para defender su verdad del vivir, porque ya la vida no era más vida sino muerte.

Y se alzaron panteones de muertos, tumbas ostentosas, catedrales donde celebrar la Muerte que ya no era una parte del proceso del vivir. Ahora Muerte se escribía en letras mayúsculas pues el Redentor de la humanidad había muerto por todas y todos nosotros para salvarnos de nuestro vivir y convivir en pecado de saber y conocer.

Casi muero en este relatar, más la vida pulsa rítmica sin importar cómo decidimos aprender el vivir. Ella sabe que todo es un continuum incondicional, autoreferenciado, autoevolutivo, autogenerado, como apunta Humberto Maturana, autopoyético.

Y transito en el vivir y el convivir, aprendiéndome en comunidad, observando qué hay de mi en todo lo que fluye y confluye fuera de mí. Observo mi sentir al percibir y, antes de reaccionar procuro respirar consciente de Cairós para reconocer mi verdad, que es la mía y la de la vida, la de todas y todos, coformando así el campo Psi de nuestra Tierra, la noosfera planetaria. A veces consigo mantener la calma de la distancia, otras me zambullo en el huracán del sentir y me zambullo en el fuego que quemando purifica.

Para mí, el tiempo es una unidad vivencial de arte.

Experimentando comun-unidad

Meditando entre silencio de montañas, cielo abierto, nubes claras, brisa y quietud en movimiento, vida se manifiesta como bálsamo de sabiduría plena de omnipresente gozo eterno. De repente, surge pregunta acompañada de vacío: ¿Para qué?

No hay más palabras. Se repite: ¿para qué? Se hacen presente imágenes de mañanas de hastío, cansancio, estupor, ensoñación, vuelta a empezar,… y la pregunta resuena. ¿para qué?.

Quedo perpleja escuchando la queja. Espero. Se hace el silencio que precede a respuesta y antes de entrar en el abismo, pido a Pachamama cobije mi ser en su regazo y sostenga mi torpeza. Sólo el nombre ya me acuna: Pachamaaaamaaaa susurra suave adentro.

Respiro despacio; me lleno de fragancia semilla naciente. Al instante percibo manos como huertas brotando en movimiento, ajenas a gravedad, livianas, navegan al encuentro de otras manos tierra fértil. Se entrelazan y el círculo se agranda.

Preside cálido Sol, dador de Vida. Círculo bendito de comun-unidad. Se escucha despertar.

Todo cobra nuevo sentido. En comunidad, pregunta se esfuma como nube pasajera que humedece tierra para germinar semillas de acción y hermandad. Vacío se llena, y sentido regresa despierto a amanecer salvaje, natural, fresco nuevamente.

Soledad, ausencia de sol y edad, fantasía que aprieta, pierde sentido ante COMUNIDAD. Surgen círculos discretos, espirales, danzas concéntricas que cubren Tierra de diversidad. Razas, especies, reinos y subreinos en armonía.

Si. Existe belleza. Belleza de unidad.

Viviendo en comunidad

Después del tiempo de reconstrucción, donde cada instante transcurre en pulsación de silencios y sonidos ancestrales de recuerdos más allá de la memoria, vienen tiempos de convivencia. Entonces aparecen viejos fantasmas que esperan pacientes su momento de disolución.

Mientras permanecía en soledad, las sombras de colores se acercaban a mí en forma de retos individuales donde me acostumbré a transitar entre escucha, lunas, oscuridad y todo lento. Era mi ritmo que marcaba camino; el empeño de ser feliz me empujaba a insistir día a día en la escucha, y así he aprendido a distinguir entre quimeras y anhelos. He escuchado mi voz entre el murmullo sonoro del pensamiento, y aquietado mi corazón cuando me siento. Todo es  cuando se sincroniza dentro.

En comunidad surge una nueva dimensión que me desconcierta. ¿Quién soy yo en realidad? Puedo distinguirme entre las nubes, reconocerme entre árboles y flores, pero cuando convivo en comunidad, casi me pierdo.

¡Son tantos los sonidos, anhelos, voces que me rodean que parece que no me siento! ¿Donde me encuentro? ¿Cuál es mi tempo? Y me siento perder entre tanto sentir, desconcertada por la abundancia de haceres y seres y no se donde ir. – Permanece-, me oigo y asiento humilde a la escucha para seguir siendo.

¿Cómo hago para ser en comunidad? ¿cómo hacer para seguir siendo? He trabajado con muchas personas, me he comprometido con colectivos, he colaborado en haceres comunes y he convivido con otros mientras había un objetivo, pero convivir por convivir, aunque hubo un tiempo que así fue, todavía no me siento.

Surgen dudas de prejuicios, de comportamiento, de hábitos y de reconocimiento. ¿Somos capaces de convivir sin juzgar, sin excluir, imponer i esperar? Sí, hoy siento que es posible, que es real. Puedo ser yo misma entre árboles y matojos, hierbas, cielo azul y desierto, y ahora también entre voces que hablan, ríen, juegan, comentan y comparten sus diferencias.

Convivir en comunidad humana donde la hermandad fuera verdad, me parecía natural pero el camino me sorprendía con desconciertos, y me fui encogiendo en mis adentros, entre almohadas de dulce estar y amargo excluir. Y así me recluí en mi mundo donde soy capaz de reconstruir heridas y transformarlas en fuentes de vida.

Aquí en mi mundo, habitan seres que transpiran abundancia. He aprendido a verlos sin asustarme y convivir con sus formas ajenas a mí empezando a sentirme dentro de ellos y de mí. He paseado por mis prados verdes y bañado en mis aguas cristalinas, he escuchado el sonido de la noche y me he sumergido en su oscuridad entregada a la aventura de andar confiada cada paso del camino. He visto la noche blanca iluminando mi ser hasta mojarme en sus aguas y, …….. hoy, después de cuatro días de convivir en la comunidad donde elijo cohabitar, siento que puedo ser quien soy y no tengo que pedir perdón, ni culparme ni justificarme, defenderme o esconderme. Hoy puedo ser la que soy sin miedo a ser.

Para mi, llegar hasta aquí, ha sido un angosto camino. He andado mucho durante largo tiempo, unas veces en círculo, otras corriendo… Cada paso que he dado ha sido un logro porque no he dejado de confiar. En muchas ocasiones me he entretenido en espejismos que parecían verdades, en otros momentos he creado mi realidad como un cuento de hadas donde todo era perfecto,… Me he caído varios veces, me he herido de muerte, he renacido, he sobrevolado el sendero del penitente y he sucumbido a la esclavitud del apego,… aún así, he seguido creyendo en el amor.

Yo vengo a Amar. Lo dije al abuelo Fuego con voz alta, entre mujeres de mi clan y mis ancestros. Vengo a Amar y así está siendo.

Nada te turbe,
nada te espante,
todo se pasa,
Dios no se muda;
la paciencia
todo lo alcanza;
quien a Dios tiene
nada le falta:
Sólo Dios basta.

(…) Teresa de Ávila (1515-1582)