deseo

El cáliz de la nobleza

El cuento es un universo contado donde todo significa y nada es imposible. Los árboles cantan canciones de cuna, las nubes juegan a la comba, los caballos hablan y las rosas no pinchan.  Podemos volar impulsadas por la intención y viajar con sólo pensar, hablar bajo el agua y pasear sobre ella. Todo es posible.

Este cuento que he titulado “El cáliz de la nobleza”, está creado para acompañar el proceso de un colectivo de mujeres que caminamos al encuentro de definir nuestra identidad común. Todas nosotras somos Facilitadoras de Biodanza y estamos empeñadas en cocrear juntas una nueva manera de vivir, convivir, laborar y hacer. Llevamos dos años de andadura tejiendo vínculos. En cada encuentro nos proponemos seguir creciendo como comunidad y para ello ideamos maneras de faciltarnos el empeño.

En esta ocasión nos ofrecimos tres compañeras para trabajar la abundancia y el reconocimiento de nuestros dones y talentos. El proceso co-creativo a tres ha sido una experiencia que ha marcado un antes y un después en mi hacer. Ahora se que es posible trascender la pesada carga que arrastra el trabajar, porque entre las tres hemos liberado su yugo con ilusión, dedicación, entrega y la verdad de cada una al servicio de nuestra comunidad.

Este cuento que os presento, forma parte de la sesión que preparamos juntas las tres hacedoras. Lo creé con la intención de recordarnos que todo se halla dentro de nosotras nosotros; reconocer esa verdad es camino y destino. Está integrado en el momento de la sesión en que dejamos de danzar para escuchar a la que nace como narradora. Esa soy yo. Gracias por descubrirme.

Para todas y todos los que escuchamos.

Había una vez una niña llamada Joanna. Su familia era rica, muy rica, tan rica que la casa donde vivían era tan grande que para hablarse de una punta a otra, lo hacían por teléfono. Joanna tenía todas las cosas que quería y que podían comprarse con dinero pero le faltaba algo que no sabía qué era. Pensaba y pensaba y no encontraba ninguna palabra que definiera lo que tanto anhelaba.

Cuando iba a cumplir los once años de edad, justo antes de “hacerse mujer” como le había dicho su mamá, Joanna decidió marcharse en busca de lo que tanto ansiaba y no sabía nombrar.

Pasaron años y experiencias, encontró personas que la ayudaron y otras que no, conoció el amor y el desamor, el miedo, el coraje, el odio y la reconciliación, fue madre, esposa y amante, disfrutó de salud y también supo qué era la enfermedad, vió morir y nacer, voló en avión, nadó en el mar y se sumergió en sus aguas profundas, rezó, labró la tierra e hizo su propio huerto, aprendió a cocinar, conoció la pobreza, ganó mucho dinero, aprendió a conducir, navegó por un lago, caminó con zapatos de tacón y con alpargatas, lloró de tristeza y también de risa, unas veces perdía y otras conseguía, a veces se caía y otras tantas andaba erguida, estuvo quieta, danzó… y seguía faltándole alguna cosa que no sabía nombrar. -¿Qué es?- se preguntaba a menudo. No hallaba respuesta.

Un día decidió regresar al hogar. Al llegar se encontró la gran casa escondida entre matojos y altas hierbas; abrió la puerta y entró en su interior. Estaba repleta de telarañas y polvo, habían crecido plantas en su interior, los muebles y la decoración estaban en el mismo lugar, allí, olvidados entre los recuerdos y el abandono. Hacía mucho que nadie habitaba el lugar.

Recorrió todas y cada unas de las estancias de la gran casa. Al entrar en su habitación descubrió sobre su mesita de noche un objeto que no reconocía: era una hermosa copa de madera tallada por la mano de algún artesano artesana experimentada. Al cogerla entre sus manos olió un agradable e intenso perfume a flor que la hizo cerrar los ojos y aspirar con profundidad. Al abrirlos se encontró frente a ella una joven amazona de cabellos negros, piel morena, mirada serena y profunda. Joanna no se asustó lo más mínimo, ni tan solo se sorprendió; parecía conocer a la joven mujer pero no conseguía recordarla. Le preguntó quién era, a lo que la amazona contestó:

–  Soy O’quaki-ne. Quiere decir “Mujer lluvia”. Soy una de las tres guardianas de la copa que sostienes entre tus manos. Es el Cáliz de la Vida y tiene el poder de concederte tres deseos.

Joanna la miraba atenta. O’quaki-ne, continuó diciendo con voz calma:

– Los deseos nacen de la Fuente de la Vida. Encuentra tu primer deseo y házmelo saber.- Luego desapareció.

Joanna se quedó quieta. Seguía con la copa de madera entre sus manos. La miró detenidamente, observó sus relieves de hojas y flores talladas a mano, acarició su forma con los dedos, olfateó la madera añeja y volvió a cerrar sus ojos. Se sentía tranquila, satisfecha, en calma. Al abrirlos de nuevo, la copa estaba llena de un líquido transparente. No dudó un sólo instante y bebió. Era agua cristalina. Al sentir como recorría su interior, supo qué deseo pediría a la joven amazona.

O’quaki-ne apareció nuevamente ante de ella y Joanna le dijo convencida:

– Mi primer deseo es que me concedas tiempo.

– Así sea. Así es.- contestó la guardiana. De aquí a cuarenta días podrás pedir tu segundo deseo.

A partir de ese día, Joanna dejó de tener prisa para vivir, para sentir, para hacer. El futuro había dejado de empujarla. El presente era sinónimo de continuidad. – Tengo tiempo- se recordaba a sí misma cuando tomaba alguna decisión equivocada. -Tengo tiempo- se repetía en silencio cuando se entretenía mirando las nubes del cielo, cuando amasaba la harina para hacer pan, cuando jugaba con su perro. – Tengo tiempo- se decía al escuchar el viento. Y descubrió que el saberse con tiempo la colmaba de placer.

– El tiempo es una creencia, una metáfora, una vivencia interior. – se dijo para sí. Y sonrió.

Joanna había regresado a su vida cotidiana. La copa de madera tallada estaba guardada en la vitrina de su salón y cuando llegó el día que hacía cuarenta, la cogió entre sus manos y la estrechó en su pecho. El intenso aroma floral volvió a envolverla y como la primera vez de su encuentro, cerró los ojos mientras aspiraba el agradable perfume. Al abrirlos se encontró frente a sí una mujer madura, india americana, sentada en una roca. Tenía una larga cabellera trenzada que caía encima de su pecho hasta la cintura, vestía con pieles suaves exquisitamente ornamentadas con abalorios y delicadas cenefas de colores, mocasines tejidos a mano, su rostro era afable, manos trabajadas por el hacer y porte majestuosamente erguido.

– Eres la guardiana del Cáliz de la Vida, ¿verdad?- preguntó Joanna alegre.

– Si. Mi nombre es Mama Lula. Pertenezco a la tribu de los wahiní. Somos un pueblo de orfebres. ¿sabes cuál es tu segundo deseo?.

Joanna se tomó tiempo. Acarició los relieves del cáliz de madera añeja, olfateó su olor y embriagada por el momento, cerró los ojos. Al abrirlos, la copa nuevamente estaba llena de agua cristalina que bebió despacio.

– Deseo que me concedas confianza.- dijo a la guardiana.

Asintiendo con la cabeza, Mama Lula afirmó:

– Así sea, así es. De aquí a cuarenta días podrás pedir tu tercer deseo- y desapareció.

Sabedora de tener confianza, cuando Joanna se encontraba dudando de merecer eso o aquello, se decía a sí misma – Confía- y dejaba que las cosas pasaran; cuando sentía miedo y vergüenza, se recordaba confiar y volvía a respirar al compás de la vida; si se sentía vulnerable, confiaba en su sentir y seguía adelante.

– La confianza es certeza y la certeza habita en mi interior. – se dijo para sí. Y sonrió.

Transcurridos los cuarenta días, Joanna ja sabía cual sería su tercer deseo. Cuando tubo entre sus manos el cáliz de la nobleza, apareció a su lado una anciana de pequeña estatura. Estaba de pie, apoyada en un bastón, de porte elegante y discreto. Vestía con delicada sencillez. En su rostro se dibujaban las arrugas de la experiencia y sus ojos brillaban con inocente alegría, sus manos mostraban una larga vida. Sonreía.

– ¿Cuál es tu nombre?- preguntó Joanna.

– Mi nombre es innombrable hija mía, todos están en él. Soy Guardiana del Cáliz de la Vida. Pide tu tercer deseo y te será concedido.- contestó la hermosa anciana.

– Abuela, todo está en mí. – dijo Joanna. Respiró y continuó diciendo: – Deseo recordar.- Joanna inclinó su cabeza ante la Guardiana. Ésta, posó su mano en el rostro de Joanna alzándolo para mirarla de frente y dijo:

– Así sea, así es.

 

Definiendo el vivir

Sigo explorando en el camino del deseo. Continúan surgiéndome preguntas que sólo puedo responder en estado de contemplación ya que provienen del lenguaje esencial del alma. Meditar me permite contemplar lo que ocurre dentro y fuera de mi, desde mi, sin juicios ni pensamientos-ruido del ego en su insistente apego a ser protagonista. Al contemplarme, accedo al tiempo-espacio-arte que habito y si me quedo, surgen escenas, olores, visiones que de forma sentida y ausente de formalismos, me muestran lo esencial. Entonces, según lo libre de apego a la mente que esté, aflora el entendimiento, la comprensión, sinónimo de paz.  Es vivencia que después tendrá palabras.

Al respecto de meditar, cito a Osho que dice:

“En sánscrito tenemos una palabra especial para la meditación; la palabra es dhyana. No existe en ninguna otra lengua una palabra paralela; esa palabra es intraducible, por la sencilla razón de que en ninguna otra lengua la gente ha probado o ha experimentado el estado que denota; de manera que ningún otro idioma tiene esa palabra” (Osho, Meditación Hoy, Ed. Gaia, Madrid, 2009, pág. 9).

Lo más parecido en nuestro idioma, a pesar de la definición europea que encontramos en el diccionario de la Real Academia Española (RAE), sería contemplación que proviene del latín comtemplum, plataforma junto a algunos templos donde los sacerdotes observaban el firmamento con la intención de percibir los designios de los dioses. Esta contemplación difiere de la quietud del término deseo en que ésta siente falta de lo que ha contemplado, visto o vivido, mientras que la quietud de la contemplación alude a mirar a la verdad, con apertura y exenta de pretensiones inmediatas.

Entonces y siguiendo el hilo del tema que me ocupa, si deseo es un estado de carencia y la carencia no existe como tal ya que la vida es abundancia y eterno presente, ¿qué es vivir? Y ante esta pregunta sólo me surge el instante, el momento continuo viviente donde todo sucede en mí, desde mí. Es casi como un vacío hueco donde la vida pulsa sin importarle hacia donde ni en que dirección porque no existe el error ni la equivocación, sólo la experiencia del vivir.  Así me siento yo últimamente y me pregunto si vivir sin deseo es vivir. La respuesta es inmediata: SI. ¡¿Y ya está?!!? y surge la vibración de la afirmación que más que un sí es un experimenta, vive, continúa….  Me quedo en silencio, expectante, hasta que vuelvo a respirar y cuando exhalo, todo vuelve a fluir.

A cada respiración siento el vivir y el morir, ese círculo completo del existir eterno que sigue inmutable, omnipresente, manifestando absoluta certeza. Surge en mi corazón una explosión de sentir que me emociona, inundándome de comprensión y calma. Sonrío.

Ya ha ocurrido antes. Siento ese estar presente consciente que sólo puedo sostener si respiro. El aire entra y llena, exhalo y vacío. Inhalo y llena, exhalo y vacío. Inhalo soy, exhalo soy. inhalo soy, exhalo existo. ….

La mente vacía, la mente nutrida, el cuerpo oxigenado, el cuerpo presente, nutrida de pranna o maná, quién sabe.

¿Qué es la vida? vuelvo a preguntar. La vida es vivir y es convivir. Vivir y convivir eterno.

Del deseo y del amar

Sigo explorando el significado de deseo, esta palabra extraña que suena a engaño y ensoñación, a otra manera más de manipularnos con quimeras que nos dirigen hacia la plenitud de la felicidad que, según el patrón dominante, gira alrededor de tener éxito, o sea dinero, para que tus deseos se hagan realidad. Y no es que el dinero sea malo o bueno porque el mal y el bien son conceptos arbitrarios que se modifican según la conveniencia.

Basta que lo desees para que suceda, dicen. Tus deseos se harán realidad porque tu eres el creador de tu vida, pide al universo lo que de verdad deseas y serás complacida complacido,  focaliza tus deseos para que se cumplan, …… y así nos bombardean el cerebro, las intenciones y el sentir con mensajes adornados de parabienes que inciden en nuestro ser carente, ese estado emocional donde “echamos en falta” lo que otros tienen que dicen que es lo más y, desde la carencia, creemos desear eso que dicen que colma al ser  sin saber si esa es nuestra verdad, la que nos dará la felicidad que ansiamos.

Vivimos entretenidas y entretenidos en las verdades del mundo de ficción que hemos creado. Al ver su despliegue publicitario incidiendo en nuestras fantasías de príncipes y princesas de reinos opulentos, creemos que la abundancia de la vida es esa lujuria de los sentidos que distorsiona nuestros sentires con fórmulas mágicas y sortilegios que nos hará tan felices, tan maravillosos, hermosos, luminosos y exitosos, como nos dicen que hemos de ser por “decreto divino”. ¿Cuánta mentira más somos capaces de tragar? La inocencia de la humanidad nos pierde y caemos en la ansiedad de generar riqueza, de conseguir lo que otros desean que deseemos porque lo merecemos, porque somos creadores y creadoras de nuestras vidas, y bla, bla, bla, colándonos palabras que resuenan al alma como meditar, orar, amar y otras, que al mezclarlas con su palabrería nos confunden y seguimos siendo esclavos de sus obsesiones y juegos.

En las redes sociales aparecen miles de mensajes incidiendo en la carencia aunque su apariencia sea de abundancia. Surgen meditaciones, técnicas, cursos, talleres para conectar con nuestra plenitud, para saber decretar lo que deseamos, para sintonizar con los portales de la abundancia. Es importante diferenciar y ordenar en la mente lo que se nos ofrece para no caer una vez más en la locura del engaño. Y no hablo de desconfiar sino de estar despiertas y despiertos a nuestro sentir y escuchar el sabio silencio interior que sin enjuiciar, discierne verdad de falsedad.

Hay un dicho castellano que dice así “No es oro todo lo que reluce”.

El oro que buscamos fuera se encuentra en nuestro interior, estamos compuestos de oro entre otros muchos elementos. En nosotros existe el oro que tanto desearon los llamados conquistadores y por el que arrasaron y exterminaron pueblos enteros. El oro se encuentra en nuestro cuerpo-tierra, nuestras grutas y cavernas, en nuestros ríos de venas y arterias, en nuestro ser interior, y para acceder a él hay que aprender alquimia o el arte de transformarnos y desgranar toda tierra marchita y desincrustar los implantes de la desdicha y la sumisión que impiden que nuestro ser brille como el oro alumbrado por el astro Sol de donde proviene.

Seguimos tendiendo a buscar las soluciones fuera de nosotras y nosotros, a depositar en otros y otras nuestra salud, nuestro bienestar, nuestro amor. Nos hemos acostumbrado a que las respuestas a los interrogantes de nuestras vidas vengan de fuera y nos olvidamos que es dentro donde se halla la última verdad, la única verdad, la verdadera, porque estamos sembrados de semillas vivas con sus potenciales latentes en nuestro ADN, a la espera de activarse por nuestro hacer y ser en la vida. Acceder a la sabiduría interior  es un camino de constancia, dedicación, atención, respeto, libertad y un pacto de autoamor sellado desde la eternidad.

Fuera hay maravillosos espejos donde mirarnos y descubrirnos vivas y vivos. Nos educaron para creer que en la otra y el otro se hallaba la verdad y que sólo a través de ellas y ellos conoceríamos el reino de los cielos, pero es en nuestro interior donde se halla el más fabuloso reino conocido y por conocer.  El viaje interior es el más sorprendente de todos los viajes porque dentro se encuentra todo lo que buscamos. A medida que nos adentramos en nuestros paisajes y misterios, nos reconocemos como seres vivientes, no deseantes, porque el deseo no es vivir, es soñar de ensoñación.

CG Jung dijo. “El que mira hacia fuera, sueña; el que mira hacia dentro, despierta”.

La carencia existe porque en nuestra memoria celular sigue impresa la vivencia del desamor de otros tiempos y la manifestamos en nuestras guerras, conflictos, luchas. Seguirá existiendo en la medida en que sigamos deseando un mundo mejor porque el deseo es quietud, es mirar como declinan los astros en el horizonte y echarlos de menos, es ver como el afán de vencer, de tener, de ganar, mata, esclaviza, pervierte, deshumaniza y nos quedamos quietos deseando que todo cambie y añorando un mundo mejor. Desear no es acción, es contemplación y la vida es acción, es presente constante, es movimiento evolutivo. ¿qué hago para cambiar mi realidad? ¿cómo puedo vivir con mayor paz? ¿qué me impide se feliz?. ¿qué aporto a la humanidad? ¿cómo sirvo a la vida?. La carencia es la manifestación extrema del otro polo de la abundancia. No es suficiente desear vivir en abundancia, hay que moverse en esa polaridad para encontrar el punto de bienestar donde nuestro ser es capaz de vivir sin morir, vivir su vida no la que otros pretenden que vivamos. Encontrar nuestro vivir en el mundo, nuestro ser en el vida no es fácil porque venimos de la noche donde hemos dormido en el olvido del vivir durante unos cuantos miles de años y hay que despertar la recuerdo del vivir, aunque el mensaje viral que nos llegue sea el de morir atrapados en el intento. La muerte no existe. Todo tiene su proceso, su camino, su evolución.

Tengo la certeza de que el mundo que vivimos es maravilloso a pesar de lo nuestras creencias insistan en lo contrario. Te invito a que sólo creas y hagas lo que nace de tí, aunque sea distinto a todo lo conocido, a pesar de las adversidades y las trampas del camino, cree en tí, en tu verdad que nace del Yo y ama con todo tu ser. Ama.

Te dejo este pensamiento de Thich Nhat Hanh, monje budista vietnamita activista por la paz. Es un conversar sabio sobre el amar y el tiempo.

Thay AMAR

Y tú ¿qué es lo que más deseas?

El cielo está cubierto de nubes que de forma intermitente, entre azules y brisas, descargan agua sobre las calles de mi localidad. La tierra se nutre agradecida y exhala aromas de primavera aunque la temperatura es de finales de invierno. Sigo con mi reto de ciento veinte días escribiendo en el blog con la intención de transformar algo en mi interior que todavía no tiene nombre o palabra que lo defina y, en éstas, salgo al encuentro de lo que me inspire. Aparece: Y tú ¿qué es lo que más deseas?.

¿Yo? ¿lo que más deseo?, y después de breves instantes de vacío sin respuesta me pregunto ¿qué es deseo? ¿qué significa desear? Busco la etimología de la palabra para que me dé pistas a seguir, aunque me pregunto si lo hago para que mi mente distraiga al corazón, y encuentro: del latín clásico, la raíz del verbo desidere, permanecer sentado; posteriormente hay una influencia del lenguaje astrológico que dice desiderare o declinar un astro por el horizonte, dejar de verlo, lo que resignificó el verbo clásico desidere en el actual “hechar de menos”.

Esta claro que la palabra deseo está relacionada con la quietud que es, entre otras, la manera de observar el cielo y ver como desaparece una estrella con la que de alguna manera nos hemos vinculado desde que la percibimos hasta que desapareció de nuestro alcance. Algo lejano, inaccesible, o sencillamente que pertenece al recuerdo. ¿qué es para mi deseo? ¿dónde me lleva el deseo? ¿es un recuerdo? ¿un imposible?, más lo imposible no existe porque existimos en el mar de las posibilidades y lo imposible es polaridad de posibilidad. Insisto, ¿qué es deseo para mí? ¿a qué vacío me atrae? Y me sumerjo en las aguas profundas del fango para acudir a la sabiduría de la tierra que intuyo aunque todavía no siento, y allí me quedo esperando.

Presiento que el deseo es una abstracción del sentir eterno. Me habla de tiempos lejanos donde la vida era Una y todo estaba vinculado, mucho antes del reloj de tiempo. Entonces no habían deseos porque todas las preguntas y dudas, eran explicadas  por los grandes seres que habitan la tierra y nosotros escuchábamos su saber pues conocíamos el lenguaje de la vida, sus sonidos, sus silencios, sus voces. No había tantas palabras para designar cada cosa porque la vida es luz-sonido-forma en nuestra geometría, y las palabras describen sólo una parte de esa maravillosa trilogía.

El deseo surgió cuando empezó la noche del olvido, como una semilla que alguien depositó en nuestro existir para guiar nuestra particular y única forma de regresar al hogar, al Yo donde habitar sin tener que ir a ningún lugar.

Sabias y sabios de distintas tribus, razas y especies de toda la Tierra se reunieron en un gran círculo para meditar cómo dejar signos y señales que activaran el recuerdo del regresar. Sabían que la larga noche cósmica, como todas las aventuras vitales, tenía retos, peligros, caminos y encrucijadas que exigiría a todos y todas la temible vivencia del olvido. Surgieron muchas propuestas que una a una fueron escuchadas, conversadas, valoradas sin dejar ninguna excluída. Algunas se descartaron por intervenir en la libertad del ser. Las que permanecieron fieles a los principios de la hermandad se distribuyeron entre artistas, artesanas, gentes de oficio, pensadoras, y toda colectividad que representara la singularidad del ser viviendo en la Ley de dualidad o también conocida como género. Cada colectivo imprimió su rasgo distintivo en piedras, pergaminos, esculturas, arquitectura, para que en la larga noche y llegado el momento justo, los seres humanos recordaran el camino de regreso al hogar.

Entre todos los grupos, se encontraba la comunidad de duendes que tras días enteros de conversar, decidieron sembrar en el ser humano la quietud  como forma de recordar. La depositaron en su Espiral Vital, que después algunos llamaron ADN, la encantaron ( que en lengua de duendes es cantar) para que latiera más fuerte, con más presencia cuando la noche se hiciera intensa y que de su interior surgiera tanta luz que iluminara como faro, guiando hasta el puerto las almas de viajantes.

Algunos hablan del deseo como añoranza, otras suspiran sin saber por qué, otros miran el cielo, algunas se empeñan en permanecer hacia atrás… Mi verdad hoy es que deseo es camino de encuentro, es momento presente que configuro en el mismo instante en que vivo.

Nada más puedo decir. Quizás después, otro día, más adelante…. quizás.