hijos

Mi ser madre

De jovencita, al rededor de los dieciocho años, recuerdo un mundo interno de ruido, confusiones, inquietudes, ocupaciones y otros sentires, destacando entre todos ellos la absoluta certeza de tener un hijo aunque no tuviera pareja. Era tal mi deseo que pensé en que llegado el momento de embarazarme, sería capaz de salir a «ligar» a una discoteca con la finalidad de preñarme y nada más. Yo no era de discotecas porque aunque amaba bailar, el volumen de la música era demasiado ensordecedor para mí y los requerimientos del vestir superaban mis tejanos con bambas, el macuto y mis faldas largas. Hace treinta y cinco años de eso. Entonces no había inseminación artificial, ni móviles, ni whatsApp con aplicaciones de citas, ni fotos digitales, entre otras cosas; casi todo implicaba más presencia que ahora y seguramente más tiempo, aunque esta cuestión del tiempo para mí es difícil valorar.

Deseaba tener un hijo, era lo único que sabía que ocurriría en mi vida sí o sí. No podía imaginar mi vida sin ser madre. Era un sentir que nacía de la víscera y la sangre, del vientre y del alma a la vez. Ser mujer no es ser madre aunque todavía se confunda. Tener útero y ovarios para generar vida y mamas capacitadas para amamantar son posibilidades orgánicas que nos capacitan para preñarnos y parir de incontables maneras, no sólo biológicas.

Tuve ese hijo deseado y años después decidí tener otro más. En mi mente soñadora pensaba que tres hijos sería el número perfecto para mí, pero esa posibilidad la descarté al encontrarme con todo lo mucho que implica la maternidad. Desde la distancia observo que en mi caso, escogí ser madre por el amplio aprendizaje que sigue suponiéndome aún hoy con cincuenta y dos años de edad y un hijo de veintiséis y el otro de diecisiete.  Nunca imaginé lo visceral e integrador que la maternidad supondría para mí.

Cuando escogemos opciones de vida, nunca sabemos lo que nos van a aportar ni qué caminos nos harán andar. La maternidad para mí, está siendo un sendero de aprendizaje muy intenso que me confronta constantemente con lo que proyecto de mí en mis hijos, con el espacio que les doy para que sean ellos mismos, con los miedos y verdades que de forma automática les he transmitido sin yo ser consciente hasta que ellos han sufrido y han llorado por un hacer que más tenía que ver con mi hacer que con el suyo mismo. Y he aprendido a cachetazos de su dolor y su alegría mucho más de mi y de cómo me relaciono con la vida que con ninguna terapia, sistema o método de autoconocimiento conocido hasta el momento.

Tengo dos hijos que son absolutamente distintos, por supuesto. No hay nadie igual aunque eso decimos que ya lo sabemos, pero nos empeñamos a criarlos de la misma manera. Si con uno a funcionado, con el otro también nos decimos y nos dicen. Lo aprendemos desde la infancia, cuando nos tratan a todas y todos de la misma manera, educándonos con los mismos patrones estandarizados de la educación industrial y capitalista que busca esclavos a su servicio y no personas libres e independientes capaces de pensar y sentir por si mismas sin pedir permiso por ser.

Como madre y en mi caso, no sólo me he enfrentado a cuestionarme a mí misma, sino a la educación en sí, a mi propia educación recibida en la escuela y en mi casa con mis padres y abuelos. La maternidad me ha abierto las puertas de un autoconocimiento que ni imaginaba por su complejidad, por un revisarme a mí misma a través del sentir y hacer de mis hijos en su crecer y ser en la vida. ¿Cómo hacer para que funcione nuestra relación particular con cada uno de ellos en su singularidad singular?, ¿cómo dejar de ser la madre perfecta que tiene soluciones para todo y enfrentarme a mi propio crecimiento y descubrimiento?. ¿cómo adaptar mi ser mujer madre a su ser hombres hijos? ¿cómo navegar con mis certezas e incertezas, mis cambios y mis transformaciones y acompañarles en su descubrirse a sí mismos? Nadie me contó que ser madre fuera una hazaña, una conquista diaria a mi ego enaltecido por un vientre preñado y unas hormonas que me hicieron sentir ser mujer más allá del sexo.

Con mis hijos he aprendido un concepto de libertad que no conocía más que en escritos que me resonaban dentro pero que quedaban lejos de mi entender. Recuerdo el título del poema de Kahlil Gibran que mi madre tenía colgado en su habitación y que nunca tampoco entendió a mi modo de sentirme hija y no tanto mujer. Transcribo el poema porque me parece de una belleza muy sabia.

Tus hijos no son tus hijos (Kahlil Gibran)

Tus hijos no son tus hijos
son hijos e hijas de la vida
deseosa de si misma.
No vienen de ti, sino a través de ti
y aunque estén contigo
no te pertenecen.

Puedes darles tu amor,
pero no tus pensamientos, pues,
ellos tienen sus propios pensamientos.
Puedes abrigar sus cuerpos,
pero no sus almas, porque ellas,
viven en la casa del mañana,
que no puedes visitar
ni siquiera en sueños.

Puedes esforzarte en ser como ellos,
pero no procures hacerlos semejantes a ti
porque la vida no retrocede,
ni se detiene en el ayer.

Tú eres el arco del cual, tus hijos
como flechas vivas son lanzados.
Deja que la inclinación
en tu mano de arquero
sea para la felicidad.

Y sigo estremeciéndome al leer las palabras del sabio que me inspiran a seguir siendo la mujer madre que continua aprendiendo de todo cuanto me rodea con la intención de que mi mano de arquera apunte a la felicidad de ser.