muerte

Morir antes de dejar el cuerpo

Me contaron que sentir lo que siento era ser egoísta, orgullosa y necia, y me lo creí. Aún era pequeña. Quien me lo decía me amaba, así que ¿cómo dudar?. Desde entonces andé por los paisajes que la vida me ofrecía a tientas, dudando de si era bueno o no lo que sentía, de si era adecuado, si era acertado. Delante de mi percibía la mentira y el engaño que no se ve, sólo se siente, pero eso no importaba a nadie; sólo la apariencia es verdadera. Me enseñaron a comportarme correctamente, como una niña bien educada, callada, quieta, pero eso era imposible para mí. Solía estar siempre enfadada con el mundo porque no lo entendía ni me entendían. Con el tiempo y la zapatilla de mi mamá, me corregí la mala tendencia de cuestionar, y aprendí a callarme. En mi interior, andaba entre la duda y el asco, el deber y el hacerlo el bien, y decidí que sentir era demasiado para mí. Me disocié, pero eso es tan común en nuestra sociedad, que por fin parecí ser normal, una más, otra más normalizada.

Pero la voz del alma no hay quien la calle, ni siquiera la propia muerte, así que salía y volvía a salir aunque la oprimía una y otra vez entre gritos de socorro y de ira. Y todo mi dolor se fue instalando en la forma que me sostenía, con tensiones lumbares, hombros encogidos, estreñimiento, dietas para estar en el peso perfecto, disciplina y crisis de identidad acumuladas una tras otra, enfocada en el hacer, la buena apariencia, la tendencia al perfeccionismo, resguardada en mi mundo imaginario donde las personas eran amables, mi amor era un caballero, mi hogar dulce y mi familia en perfecto orden, sin perturbaciones, todo quieto, congelado para que no se desmontara la magia.

Y la vida seguía pasando por mi lado, mientras yo me ahogaba en un mundo ficticio, de cristal, luchando para ser la más productiva, elegantemente aparente, perfectamente arrogante, y siempre en discreta alerta máxima para ocultar mi profundo miedo a vivir.

De todo esto hace ya una existencia. Afortunadamente la muerte existe para descansar y recuperarse de tanto quehacer. Sigo con el recuerdo de esa vida pasada y aún hoy me sorprende cuánto sufrir podemos aguantar las personas, cuánta locura, cuánta insensatez, cuánto desamor.

La felicidad no depende de nadie más que de una misma- me decían mientras agonizaba, pero eso era demasiado difícil de entender para mí, ¿cómo podía ser posible? ¿Acaso yo quiero todo este sufrir?. Eso es una sandez. – decía yo con profundo desprecio. Cuando por fin el cansancio de tanto luchar por ser lo que tenía que ser me venció, solté mi historia, entera, tooooodo lo vivido, todo lo sentido, cada detalle bueno y malo; y entendí que nada es bueno o malo, que todo es experienciar-se, si se puede decir así. Me quedé vacía y en el vacío sentí lo que nunca cambia ni se transforma, lo siempre es, lo que perdura más allá de todo, incluso del miedo: el Amor infinito.

Nadie habla de la muerte así, o a penas nadie. Lo que no saben la mayoría es que la viven muriendo.

Yo ahora si lo sé. He aprendido a saberlo. Eso espero.

Amor y Servicio

Para mi amiga Eva y su mamá

Ayer asistí al concierto de Navina Soler y Xavi Tasies titulado “Viaje Sonoro Cantado & Mindfulness en Primavera” del proyecto “Cantar la Vida“. Sabía que iba a ser algo muy especial y antes de entrar en la sala donde se iba a desarrollar el canto meditativo, le envié un mensaje a mi querida amiga Eva para que supiera que la experiencia que me disponía a vivir se la dedicaba a ella y a su mamá.

La experiencia fue muy especial. La sala estaba llena de personas que habían escogido vivir el canto meditativo sentadas en una silla, estiradas en el suelo sobre mantas y estores o sencillamente permaneciendo en posición meditativa.  El silencio se hizo presente.  Surgieron las primeras palabras que nos invitaron a cerrar los ojos y escuchar la sencilla campana que nos prepararía los sentidos para iniciar el viaje.

Los paisajes sonoros se fueron sucediendo vivos. El espacio se transformó en ríos salvajes, lagos y cantos de aves que acompañaban la voz humana que resonaba entre los huecos de mi piel recorriendo el entramado de mi  cuerpo. Navegué por lagos y ríos de emociones, cascadas de sensaciones, juegos y recuerdos de naturaleza viva donde el sonido era el propio canto de la vida.  Fue un experiencia hermosa que regalé a mi amiga Eva y a su mamá en su tránsito del vida-muerte-vida.

Al salir, en mi teléfono móvil el mensaje de Eva decía: mamá ya ha alzado el vuelo.

¡Qué misterios esconde la muerte!  En un instante sin tiempo, la vida se desliza hacia otra realidad donde la densidad de la materia no tiene cabida y nos podemos figurar durmiendo, danzando, meditando, que la vida sigue su curso, transformando realidades a cada paso del sendero.

Hoy, en el tanatorio, Eva me contaba serena y satisfecha que cuando su mama partió, su hermana y ella se quedaron a solas con ella, con esa parte de ella que seguirá en la piel más allá de la ausencia y los recuerdos, y antes de avisar a nadie, la desnudaron despacito para asearla y honrar su vida embelleciéndola, mientras recordaban anécdotas de su existir compartido y le cantaban cantos del alma, canciones de gratitud de haber vivido la vida que vivieron. Eva tenía los ojos alegres mientras me contaba todo lo ocurrido y escuchándola, mis ojos han derramado aguas de emoción al sentir su amar limpio, sencillo, sincero. Ninguna palabra ha brotado de mi. Era momento de escuchar y sentir.

En el recordatorio de la partida de Mara Lluïsa, la mamá de mi amiga Eva y de Anna, Olga, Jordi y Raquel, hay un hermoso bosque iluminado por el astro Sol y un hermoso mantra resonando en el espacio atemporal donde todo es, que dice:

Que el sol eterno te ilumine,

que el amor te rodee,

que la inmensa luz que

vive dentro de tí guíe tu camino.

Así sea, así es. Namasté

Construir y reconstruirme en comunidad

Construir relaciones en las que la vida esté en el centro es construirme en comunidad, la única forma orgánica que conozco para que, como ser humano, despliegue el desatendido abanico de mis potenciales. Y digo desatendido porque sumidas y sumidos en el engaño de la muerte que aprendemos como finitud, término que designa el vacío provenga éste del más allá o el más acá, nos olvidamos de la singularidad irrepetible de cada ser y la vida se convierte en la lucha para acallar o mostrar el propio sentir.

Estoy convencida que la vida no es luchar para vivir porque ya estamos vivas. Tampoco es luchar para ser porque ya somos. Creo que, dentro de la complejidad de palabrear el vivir, una parte tiene que ver con el factor tiempo explicada por los griegos como unidad Cairós/Kronos, que con el vivir, el convivir y el impulso de expresar el conocer,  los que siguieron separaron lo inseparable y disgregaron lo que en sí mismo es gregario y, crearon escuelas y adeptos que llegaron a olvidar la matriz unitaria de la gnosis necesitando defender su verdad porque ya no era más la verdad, sino que ya tenía propietario y privacidad, y honraron sus verdades muriendo por ellas y la muerte fue la última verdad que recordamos, pareciendo ser la verdadera.

Así se instaló en toda la Europa el hacer luchando: unos tenían más verdad que otros y eso les daba derechos sobre los demás que debían someterse a la verdad fragmentada y toda mujer y hombre que viviera en la unidad era quemada en plazas públicas para que todas y todos supieran que sólo había una única verdad verdadera, y forjamos un saber sumido en el tiempo del morir, del terminar, del sucumbir con la única salvación posible de la soberana Iglesia Católica Apostólica y Romana que era la poseedora de todo el conocer escrito desde antes del saber sesgado y el morir viviendo,  y el inconsciente colectivo o campo unificado se impregnó de la necesidad del luchar hasta morir para defender su verdad del vivir, porque ya la vida no era más vida sino muerte.

Y se alzaron panteones de muertos, tumbas ostentosas, catedrales donde celebrar la Muerte que ya no era una parte del proceso del vivir. Ahora Muerte se escribía en letras mayúsculas pues el Redentor de la humanidad había muerto por todas y todos nosotros para salvarnos de nuestro vivir y convivir en pecado de saber y conocer.

Casi muero en este relatar, más la vida pulsa rítmica sin importar cómo decidimos aprender el vivir. Ella sabe que todo es un continuum incondicional, autoreferenciado, autoevolutivo, autogenerado, como apunta Humberto Maturana, autopoyético.

Y transito en el vivir y el convivir, aprendiéndome en comunidad, observando qué hay de mi en todo lo que fluye y confluye fuera de mí. Observo mi sentir al percibir y, antes de reaccionar procuro respirar consciente de Cairós para reconocer mi verdad, que es la mía y la de la vida, la de todas y todos, coformando así el campo Psi de nuestra Tierra, la noosfera planetaria. A veces consigo mantener la calma de la distancia, otras me zambullo en el huracán del sentir y me zambullo en el fuego que quemando purifica.

Para mí, el tiempo es una unidad vivencial de arte.

Detrás de emoción y razón

Hablando con mi amiga, coincidimos que vida y ciclos de transición nos retornan a parajes conocidos donde revivimos lo acontecido y, a veces, piel se eriza porque en ella habita impresión que quedó escondida a la espera de encontrar otro lugar donde dejarse olvidar. Y entre aciertos y desaciertos, razonamos, digerimos, controlamos,… y cuando súbito aparece algo inesperado en nuestras vidas casi acomodadas, aguas de dolor agitan de nuevo entrañas donde angustia aviva piel ya quemada alguna otra vez. Y el fuego no alza sus rojas llamas pero chisporrotea, y aún nos quema.

Hablo de vivenciar carencia y pérdida de inocencia, donde desvanecen sueños de entrega y amor, cuando todo podía ser y nada era impensable. Pero suceden cosas que enmudecen alma y nos quedamos sin habla, sin palabras que hacer sonar, sólo lágrimas que transformadas en gemidos, terminan en silencios escondidos para no despertar la grieta del volcán que quemó sin matar. Y el ciclo cumple su fiel cometido y regresa de nuevo lo que parecía acabado ya.

De noche, sueño reflejos de agonía y tormento. Clamo al viento para que traiga suspiro de reconocimiento pero dolor apremia y aturde el entendimiento. Urge tratamiento. ¡Cuidados intensivos al alma que despierta en intento!. Y en sueño perturbador, me despierto. Sigo transitando entre sábanas de noche oscura y asombro tenso; la mente se dispara: por qué, si ya no me encuentro entre lujuria y mal aliento? Entonces me paro y atiendo: parece que es engaño este lamento.

Fijo la atención y observo: detrás de la emoción y el razonamiento, inocencia aparece dentro. Sus ojos miran y me sorprendo sintiendo desprendimiento. Ya no interesa sufrimiento!. Y despierto del sueño con consciencia renovada: empiezo a entender el hacer que muerte quiere creer.

Yo soy vida. Transito en ella como semilla que aún adormecida, va despertando al calor de amanecer. Desprendimiento en piel. Trazos de Libertad. Aprendo que buscar aleja de encontrar y me rindo ante altar de permanencia, donde transmutar es aquietar y despertar así consciencia.

Tiempo de arte, encuentros de amor 🙂