reconocer

La sonrisa del tiempo

¡Cuánto bien hace la amabilidad! Un gesto amable, una mirada desinteresada en sí misma, una sonrisa sin más, una risa.

Ayer me encontraba en un aparcamiento público al aire libre esperando que algún coche me cediera su lugar. Estaba de pie observando, al lado de mi coche en doble fila, si algún conductor aparecía. Ya lo he hecho otras veces y siempre funciona, por eso voy con tiempo para entretenerme.

Algunas personas interpretarían que eso es poder de atracción o la atracción de la convicción. Yo he aprendido que el pedir tiene un componente de esperar y con la espera percibí que en la vida no hace falta pedir, sino hacer (del verbo transitar la acción) que lo que espero que acontezca pase. Y pasa, siempre pasa. Sólo es cuestión de tiempo. La pregunta es ¿cómo vivo ese tiempo?.

La lectura me ha enseñado muchas cosas. Quizás la más importante de todas es que todo pasa por mi vivencia, por cómo vivo yo las cosas, como las percibo y qué efecto tienen en mí.  El autor o autora de la obra que leo (extendiendo obra hasta el gran libro de la vida), expresa con sus palabras la verdad que ha creado a partir de lo que ha percibido. Al escucharlas y sabiéndome aprendiz del vivir, he intentado adoptar su saber y ejercitar nuevas formas de hacer para que la vida me sea más fácil, y a menudo no siempre, el resultado después de insistir en el intento, ha sido de desilusión, desencanto, e incluso frustración. Al darles crédito y experimentar en mí su saber, he comprobado que de los muchos y muchas que hablan como maestros y maestras, pocos y pocas lo son.

La maestría es el arte del silencio y la escucha, de la obediencia al ser, conlleva altas dosis de humildad que proviene de la raíz latina humus o tierra, el que se postra en tierra. Para mí, ese postrarse es reconocer que la vida en nuestro planeta Tierra es un intenso aprendizaje siempre partiendo  de cero, el símbolo de la unidad, del círculo, del eterno existir. Aprendo cuando experimento, cuando intento una y otra vez hasta que integro el hacer con el ser y entonces, sólo entonces, puedo ejercitarme en el recrear y cocrear. Antes de integrar, sólo son intentos que podemos confundir con verdades particulares del hacer y entender.

De regreso al aparcamiento donde inicié mi relato del tiempo, percibí un señor dentro de una gran furgoneta buscando algo en su interior. Me acerqué para preguntarle si se marchaba y me dijo que estaba buscando el móvil para llamar y saber si se esperaba o no. Agradecí y regresé a mi coche. En seguida apareció otro hombre con maleta dirigiéndose hacia su coche aparcado a pocos metros del mío. Desde lejos le pregunté si se marchaba y sonriendo me dijo que todavía no, que tenía que revisar unos papeles antes. Le dije que estaba esperando para aparcar y cuando acabara me avisara. Sonrió asintiendo con el sonreír del que sabe lo que complicado que es aparcar, y ese sonreír cómplice, amplificó la satisfacción del saber esperar.

Antes que el señor terminara de revisar sus papeles, el conductor de la gran furgoneta hizo sonar su claxon para llamar mi atención e indicarme con un gesto amable que ya se marchaba y me esperaba para cederme su lugar. Entonces sonreí. No sólo sonreí al conductor de uno y otro vehículo, sonreí al tiempo y a la vida por regalarme su sonrisa cuando me doy tiempo para recibirla.