sangre

Herencia humana

Sin percibirlo, han pasado los días, las semanas y los meses sumergida en Kairós y, aunque los acontecimientos se sucedían sin tregua y con gran intensidad preparándome para el evento, había olvidado el propósito de la gestación.

Durante la noche las aguas se han desbordado en mi interior y al despertar, he sabido que ya era momento para soltar el escaso lastre que permanece en una esquina esperando en silencio su desenlace final. Nada, absolutamente nada ni nadie, puede parar el impulso de la vida.

Me he despertado cansada, sosteniendo un peso caducado, marchito, extenuado. Reposo de cuclillas con las plantas de mis pies enraizadas en tierra, deseando relajar la espalda que me pesa y justo entonces, mi vientre se derrite por el canal del disfrute y su presencia se desliza contundente hasta llegar a la ventana entre mis piernas.

Alcanzo el espejo de la cómoda para situarlo debajo de mí y observar qué ocurre. Con grata sorpresa veo despuntar su redonda cabecita, tierna, frágil, mojada. Cierro los ojos y despacio le acerco mis manos: es húmeda, suave, cubierta por una fina capa de grasa que resbala. Entre mi tacto y su incipiente contorno, noto su pulsación acelerada, rítmica, ausente de esfuerzo y lucha. Respiro para concentrar mi atención en el instante y percibo su estar latente, presente, en pausa, como flor consciente esperando confiada el momento de ser mirada.

Palpita la vida dentro de mí en ondas intermitentes de cadencia constante, pujando por salir de una ingravidez ya imposible de sostener.

Los labios externos, carnosos y estimulados, sonríen tensados dejando paso al que emerge sin permiso y con derecho nato. Mis pies siguen apoyados en tierra fértil, desprendiendo olor a jazmín, prado y sombra fresca. Me siento cómoda en posición de cuclillas experimentando cómo mi ser se mece al compás del tránsito. El sol complaciente acaricia mi rostro. Disfruto su calidez. Inspiro y suspiro.

Ausentes las tensiones, surgen de mis grutas internas suaves gemidos desatados por el éxtasis del amor. Lleno mis pulmones de intenciones para soltar cuanto retenga y dejar que todo ocurra por sí mismo, con la única intervención de la Gran Madre que todo habita. De nuevo llega la ola que desata la pasión primaria que alarga mi cuello como loba ululando al cielo, mientras mi vientre empuja fuerte contra el suelo. Ningún temor asoma, sólo el Amor perdura.

Por un breve instante mis dos anteriores partos se hacen presentes. Los recuerdo en la piel como ráfaga de luz envolviéndome en coraje para vivir sin pedir permiso lo que siento. Y regreso al presente afortunada de ser escoltada por sabias ancianas coreando cánticos de hierbas y fragancias eternas, impregnando mi ser de abrazo materno y calor fraternal.

Me acuesto de lado para descansar. En mi cuerpo desnudo siento alguna mano amiga que acompaña mi estar. ¿Cuánto durará? pregunta mi cabeza y el vientre responde sin pensar con paisaje de noche estival. Surgen las primeras estrellas que alumbran el momento. Cerca me aviva el fuego a tierra y el olor a madera. Mi cuerpo rojo fuego intenso, reanuda su danza de encuentro y transpiro empapada de placer entre gemidos de tránsito y feroces empujones, mientras de mis pechos brota dulce leche blanca que, gota a gota, chorro a chorro, saciarán el hambre de la que nace.

¿Resistiré? ¿Me romperé en mil pedazos para desaparecer?. El cansancio abruma. Tras el breve instante de miedo y duda, surge de nuevo el aliento del vivir renovando el empuje con bravía de presente. ¡Respira mi niña!, el éxtasis del orgasmo viene llegando. Me entrego sin más.

La dicha se expande y entre mis piernas explota con intensa y dulce alegría, el gozo y la dicha del animal rasgado. La cabeza ha salido y, todavía contenida entre mis labios dilatados, palpo a mi cría. Todo está bien; ni rastro de sufrimiento. Asoma su impulso, su fuerza, su ser. Inspiro, no hay tregua. La extrema presión se desvanece y regresa el ímpetu de mi vientre para empujar el último tramo… Aquí está ya, deslizándose como pez hacia mis manos, unidas por el vínculo del cordón sagrado, sosteniendo su cuerpo amado, inmersa en cálida e infinita bienaventura.

Ausencia de llanto. Todo respira.

La atraigo hacia mi seno y me fundo en su piel, su olor a limón y canela, su estar presente, su frágil robustez. Aprendo sus manos, su cálida desnudez. Nos impregnamos del momento sagrado, vínculo eterno, infinito, indiferenciado. Todo existe, todo está creado.

Manos tiernas y dulces besos nos envuelven. Dan calor y presencia a mi cuerpo transitado. Mi pelo es acariciado por suave canto mientras mi bebé es mirado, reconocido y bien amado. Hay silencio de alegría y dicha. Sin mirar, siento las sonrisas de cuantos nos rodean. Sigo cautivada por la recién hallada, la recién nacida; permanece acurrucada en mi pecho, tranquila, confiada, entregada. Respira despacito mientras el cordón que nos une va dejando olvidado su latir. Huelo a sangre y a tierra.

Observo sus lentos gestos nadando fuera del agua de mi cuerpo. Con tibieza lavamos su piel tierna y la mía. Y así, entrelazadas las células e impregnadas de abundancia y dicha eterna, sellamos el vínculo a la vida. Los expertos lo llaman impronta natal; para mí es humana herencia.

Lejos se escucha algarabía. Tambores rítmicos mueven los cuerpos que danzan y cantan al son de la vida. Entonan palabras de sabias y sabios ancestros que se yerguen en Pie de Paz proclamando a seres vivos y elementos:

Pertenecemos al Pueblo de Sangre Roja,

Hijas e Hijos de la Tierra.

Somos la Tribu de la Gente. 

Los vientos nos susurran,

las praderas acogen nuestra huella,

llanos y montañas nos sonríen en reverencia

para dejarnos plantar en su fecundo vientre.

 

El río nos da agua,

los pájaros protegen nuestra sentada.

La Gran Madre nos sostiene.

El Gran Espíritu nos habla.

 

Somos la Tribu de la Gente,

Hijas e Hijos de la Tierra.

Pertenecemos al Pueblo de Sangre Roja.

Humanas, humanos por derecho nato.

Es tiempo de dicha.

Honrando sangre y memoria

Tengo 50 años y sigo menstruando regularmente. Hasta hace poco, era de las que decía “qué palo” cuando me venía la regla. Ahora mi vinculación y compromiso con la vida me lleva a honrar mi naturaleza femenina, potenciarla y sumarla a otras mujeres y hombres afines para sanar la tierra y sus habitantes. Todo lo que hago repercute en todo ser viviente, así que no dejes de hacer cosas que beneficien al entorno por creer que una sola cosa no puede cambiar nada. Somos Una, no lo olvides.

Mi iniciación en la menstruación fue caótica, como la mayoría de mujeres de mi edad y mayores. Recuerdo que mi madre lo vivió con ilusión, aunque para mí no tenía ningún sentido celebrar mi sangre menstrual y la entrada al mundo de las mujeres, por que “la bendición de tener hijos” me quedaba lejos y todo lo que imponía la condición de mujer, me sobrepasaba en extremo.

En mi mente infantil, la dualidad contradictoria del mundo de los adultos, enmudecía mi ser: me observo atónita preguntándome con 12 años recién cumplidos, si se puede amar un útero porque te da la posibilidad de parir y tener hijos y, al mismo tiempo odiarlo porque sangras cada mes y eso incomoda? Cómo se convive en un cuerpo que acoge y nutre una vida ajena a ti y a la vez, debes de excluir el signo de tu fertilidad como mujer por ser …. indigno? feo? sucio?. Cuál sería la palabra que describiría mejor el ocultar o disimular el sangrado que me bendice como mujer hasta el extremo de medicarme, si es necesario, para evitar sentir los síntomas de un ciclo de 28 días que va acorde con las fases lunares, con los ciclos de la vida, con nuestra naturaleza biológica. ¿Qué cultura es esta que habla de dignificar la vida y actúa excluyéndola? ¿Qué enseñamos/aprendemos de una sociedad donde decir y hacer son opuestos y en pie de guerra?

La dualidad es una escuela muy dura. Olvidarnos de Grandes Maestros y Maestras de la humanidad y su mensaje, nos ha llevado a la locura de la ignorancia, convirtiéndonos en autómatas de una vida enfocada a muerte y finitud, posesión y ceguera espiritual, sin memoria de lo que somos y lo que significa nacer como humanos. Nos hemos olvidado del vínculo cuerpo/alma indivisible y enseñamos a nuestras hijas e hijos a mantener el engaño y normalizar la contradicción decir/hacer, volcándonos a la esclavitud de la forzada ignorancia, creyéndonos seres sin sabiduría, como envases vacíos a rellenar.

Meses antes que me viniera el primer sangrado, mi hermana mayor vivió la experiencia antes que yo.  En ella vi todo el proceso de transformación y como la contradicción se iba integrando en nuestra incipiente adolescencia hasta normalizarla y hacernos la mujer que debíamos ser.

Ser mujer era depilarse piernas, axilas e ingles (con cera mejor por qué así tarda más a salir el pelo. ¡Eso duele que ni te cuento!). También depilarse cejas y bigote porque queda más pulido; ponerse sujetador porque aunque los pechos son firmes y rebosantes de vida, con el tiempo se caen y quedan “feos”; procurar no manchar bragitas, pantalones, faldas,.. con la sangre del ciclo; los cambios de humor incontrolados es porque las mujeres somos débiles, vulnerables y un tanto histéricas; el aumento de pecho provoca que los hombres te coman con la mirada: te vuelves como un bocata de chorizo ibérico, por tanto “no provoques”;  hay que dejar los juegos “bruscos” “como “cavall bernat” porque son de chico; tener actitud femenina (?), usar faldas para que no se piensen que eres “mari-macho”, disimular todo lo que puedas que estas en tus días de sangre, usar tampones para bañarte y esconder el cordoncito que cuelga entre los labios vaginales,…..  ¿ESTO ES SER MUJER? ¿Dónde estoy yo?. No me encuentro. 

No quería ser mujer. Me gustaba correr y revolcarme en la hierba como una croqueta, nadar en el agua y jugar con las olas bravas del mar sin preocuparme de “cordoncitos” ni manchas, tirar de la cuerda con fuerza para que mi equipo ganara, reír a carcajadas sin pensar que “no era apropiado para una chica”, pasar desapercibida delante de los hombres, ir con pantalones y las que mi madre me compró con tanto esfuerzo, ser fuerte, llevar el pelo corto para no peinarme, no pensar en depilarme ni en lo poco femenina que eran mis cejas corridas,… no quería renunciar a ser libre; pero inevitablemente sangré recién cumplidos los 12 años.

Mezcla de espanto y asco al ver la mancha marrón en las bragitas un mediodía en casa después del colegio y antes de comer. Voy en busca de mi madre que me confirma la mancha de menstruación, y se pone contenta, extrañamente contenta. Tengo que decírselo a mi padre como si fuera algo importante. Para entonces, él estaba en cama, muriendo poco a poco de un cáncer en la vejiga.  Me sentía mal. No quería ser mujer, no quería asumir tanta responsabilidad, no quería abandonar mi inocencia y empezar a desconfiar del mundo. Ser mujer se me presentaba como aceptar sufrir sin ninguna otra opción. Hasta la Biblia dice: “Parirás con dolor”, decía mi madre.

Muchas son las recién estrenadas mujeres que siguen sintiendo esa misma sensación de fastidio en cada sangrado cíclico. Sentirse sucia, inadecuada, incorrecta, excluida; torturada por mi condición feminidad.

http://rojomenstrual.blogspot.com.es/2013/01/los-misterios-de-la-sangre.html

“Dibujo extraído del blog Rojo menstrual”

En nuestros ciclos menstruales pasan muchas cosas, todo un mundo de sensaciones, encuentros, transformaciones que vivir y experimentar que, al no tener el acompañamiento adecuado, las vivimos con miedo y dolor de ignorancia, y así transmitimos “ser mujer” de generación a generación como un castigo, una amenaza a nuestra libertad, una esclavitud impuesta donde vivir “normalizadas” es vivir ocultando nuestra naturaleza cíclica, transformable, intuitiva, creativa y profundamente nudridora. Hemos perdido el vínculo con la sacralidad de la vida.

Feminidad y masculinidad son energías complementarias que convergen en un mismo ser. Cada una es distinta a la otra y potencia diferentes aspectos que complementan nuestro expresión en la vida.

Para mujeres y hombres es importante que volvamos a vincularnos a nuestras energías predominantes y observemos su naturaleza cíclica, escuchando la sabiduría que habita en cada fase lunar. Como habitantes de la Tierra, somos permeables a toda manifestación de vida y, Luna, Sol, astros existen también para ayudarnos a recordar que somos seres vivos inmersos en ciclos de evolución y transformación.  Estamos dotados de consciencia, intuición y libre albedrío para aprender a vivir en armonía con la diversidad y experimentar la Unidad como fuerza creativa.

Cada manifestación de vida tiene un significado sagrado que nos vincula a la Totalidad, así la sangre menstrual es una ofrenda de sabiduría ancestral que mantiene intacta la información genética de nuestros antepasados. Si la tiramos a la basura como un deshecho, estamos deshonrando nuestros ancestros, nuestro transitar por la Tierra desde hace tiempos inmemorables, y nos debilitamos como especie.

Reconecta con la sacralidad de la sangre menstrual. Celébrala en tu vida, hónrala y sitúala en el lugar que le corresponde, ofrécela a la tierra, a tus plantas, congélala para que tengas medicina bendita siempre a punto que puedes atomizar como remedio homeopático. Regresa a los círculos de mujeres para revitalizar tu ser y experimentar la fuerza de la naturaleza femenina.

Los círculos de mujeres son redes afectivas donde crecemos todas en Amor, para sanar, nutrir y defender la vida digna. Invita a hombres y trae a tus hijos en las celebraciones mixtas para que podamos crecer juntos, festejando la Luz de la Luna y del Sol que nos influencian a todas y todo. Acércate al ritual para liberarte del engaño y conquistar la verdadera libertad, recordando la importancia de celebrar los ritos de paso, las fiestas de la tierra, los solsticios. Únete a la Red de afectos que existe por muchos lugares, o crea un nuevo círculo cercano.

Te dejo un enlace a “Arboleda de Gaia” por si es de tu interés.  “Actualmente Arboleda de Gaia está formada por círculos de mujeres sin fines de lucro, que se reúnen en sincronía con la Luna en diversos lugares del estado español. Si deseas participar en ellos puedes escribirnos para pedir información. También realizamos algunos encuentros mixtos para celebrar las fiestas de la Tierra de la Europa pre cristiana, rescatando del olvido la tradición nativa de nuestros ancestros que sabían vivir en conexión con la naturaleza y, honrando sus ciclos, aprendían a relacionarse correctamente según las leyes universales.” Texto extraído de http://www.arboledadegaia.es/las_hijas_de_gaia.html