silencio

El silencio de la ausencia

Hay un silencio que nutre, aunque su canto sea inaudible a los oídos de la forma. Dormidas y somnolientas, ni lo sienten ni lo escuchan. Algunas despiertas, lo perciben con más o menos claridad. Es percibido con los sentidos del alma y eso, no se puede negar.

Ese silente sonido es una pulsación latente creadora y creativa a la vez, eterna, inmutable, imperturbable. Permanece oculto a lo vulgar, lo cotidiano, a la ignorancia y al ignorante, marcando infinitamente el paso de la Vida, como si fuera un director de orquesta que moviendo su batuta, hace surgir el único latido vital que todo impregna.

Hay otro silencio que aún no tenía nombre en mi mundo, aunque sabía bien de su existir. Ayer, en la voz de un desconocido, me fue nombrado por primera vez: “el silencio de la ausencia”. Cuando escuché ese arpegio musical, mi corazón sonrió súbitamente. Quedé atenta, a la espera. Reconocí la belleza de la composición y no fue hasta después, que descubrí el tesoro que alberga.

Fue la palabra ausencia la que resonó en mi interior como cuerda de violín en manos de un experto; ella, la ausencia, me presentó en la pantalla de la memoria, imágenes de ausencias vividas, sumidas en ese silencio que esperas sea nutriente, que aporte vida, pero no, sólo paraliza, imprimiendo en la piel y los sentidos, un desamor que aún amando, inmoviliza. ¿Sabes de lo que estoy hablando? Seguro que sí. Silencios que por no comprometerse, se hacen presentes tras el velo de una falsa prudencia a penas entendida. Silencios que sin decir palabra alguna ni gesto que los delate, van impregnados de juicio, creencias personales, apegos y egos educados por el miedo a -¿no ser amada y a amar, quizás?. Quizás a otros miedos, más miedo al fin. Silencios de desazón, de frustración, de exclusión, de irritación, que quedan velados a los ojos inexpertos de quien espera escuchar un compromiso, una acción alentadora, una decisión, una mano amiga, una opinión, una verdad que aunque fragmentada, sea verdad y tras la espera…, sólo queda silencio que acaba siendo ausencia y después, austera ausencia vestida de prudencia.

El silencio de la ausencia es cobarde, y te cuento la interesante etimología de la palabra cobarde. Se remonta al latín y significa “cola”, aludiendo a la cola del perro o del lobo, que la esconden entre las piernas para mostrar sumisión y miedo ante algo a alguien.

Aún siendo un silencio cobarde, sumiso y miedoso, con todo, puedo ver la belleza que se esconde tras el velo de lo aparente, porque la vida me ha enseñado que no hay nada inservible, nada inútil, nada que no pueda ser transformado, y es así como logro ver en este entramado sin tiempo, donde todo tiene sentido cuando cedo y me sumerjo en el compás armónico del Gran Director.

Diez años han pasado de esos silencios sin nombre que nunca fueron nombrados. Podían haber sido dos, cinco años, algunos meses tan sólo; hicieron falta diez años de ausencia para sembrar nuevas semillas de presencia en una tierra más fértil, mucho más fértil hallada en mi interior. Y fue desde esa abundancia de amor que brotaron las primeras palabras que, libres de pesticidas recriminatorios y resentidos, fueron nombrando una a una las ausencias sin pecado, y por arte de Magia, el círculo se fue cerrando. Se estaba preparando un nuevo encuentro.

Cinco meses después, el encuentro se ha dado. Algo ha cambiado. El tiempo sosteniendo el silencio disfrazado de prudencia, ha marcado el gesto humano con las arrugas del dolor y la rigidez en la tez. Por primera vez en años, por boca de un desconocido, se ha bautizado la ausencia de ese silencio y con ello ha empezado a escucharse las primeras notas que llevan aliento. ¿Dónde llegarán? ¿Sembraran verdades? .

Será lo que será y allí quedará en el universo, como todo queda en el Único Verso, a la espera de que alguien en su interior transforme el miedo en nutrición.

Y así queda escrito.

Amor y Servicio

Despertar cuando todavía es de noche

Sin dejarme llevar por la mente que en seguida divaga por los intrincados caminos del ir y venir, decido levantarme en pleno silencio, cuando la noche aún es noche y no se puede distinguir si hay la luz en el día. Y es que la Vida es así, simplemente así de simple, de entramada; así de misteriosa.

La brisa nocturna deja la piel fresca. A penas se escucha el zumbido de las aves al volar, ni el susurro de los suaves cantos apuntando el nacimiento del próximo amanecer. Todo parece sumido en ondas de Paz silente que abrazan el alma sin recuerdo, desnuda de historia, vacía de mente.

Siento un gran Estar que no tiene palabras que decir ni contar. Aún así escribo pues al escribir percibo con claridad la intención del Supremo Ser que es la de experimentar. Y me dejo mecer en el sustrato de la bienaventuranza con la certeza de ser gobernanta de galera, capitana de la barca que me lleva, gerente de mi expresa, que no es mía sino de mí.

Mi querido compañero, roca, blanca, fiel amigo, duerme plácidamente en el suelo fresco de la noche. Su respiro pausado, me devuelve a un lugar que siempre ha sido aún sin acordarme. Y me siento vacía, desnuda de tiempo, danzando en la noche sin Luna, despierta y sonriendo.

Nadie y Nada se encuentran en ese instante de Pura Consciencia. No preciso entender, sólo saber y obedecer el mandato de Ser: Aquí en la Tierra como en el Cielo. Soy Yo, Yo Soy.

La suave brisa nocturna llevará el aliento del despertar allí donde estés en tu soledad, y un beso tierno de amado amanecer colmará la sed de Paz y Ternura. Los primeros vestigios del día iluminaran las conciencias dormidas recordando que Todo está dentro, en el interior. Fuera sólo son reflejos.

La Vida seguirá siendo sin más.

Honrar el silencio

Silencio silentium del verbo latino silere o estar callado, sugiriéndome el acallar las voces que pugnan por ser escuchadas, atendidas, aunque se apelotonen en irreverente protagonismo agotador, expresando dudas, confusiones, analizando probabilidades, exhibiendo miedos. Me pregunto el porqué de esa necesidad, ¿acaso surge de un no comprender el entramado de la vida que vivimos a través del intercambio de los otros con el mi, pensando que el mi soy yo? Y en ese pensar, me transporto a la infancia cuando el hablar no tiene el mismo sentido que el sentir pues no sabemos de palabras que signifiquen pero si de verdades sentidas, y al confrontar el sentir con el escuchar palabras que significan lo que siento, acepto en mi niñez el palabrear del mundo que me rodea con sus verdades y mi verdad se moldea a las suyas, iniciándome así en el palabrear interno del que más tarde deberé desaprenderme, cuando el cuerpo que habito ya sea adulto y encuentre en el yo a través del mi el significado del silencio.

Silencio del bosque cuando me adentro en su natural espesura y sus sonidos me abrigan incorporándome en su frecuencia del vivir estando y comunicando. Silencio de la playa donde las olas se funden en la arena y la brisa ondea el azul del mar. Silencio en lo alto de la montaña entre el cielo y la tierra que se besan. Silencio al mirar a mi perro durmiendo y deslizar mi mano por su hermoso pelo blanco. Silencio al encontrarme de súbito con la risa sincera de una niña o un niño, silencio al observar el estar del anciano sentado en el banco apoyado en su bastón, silencio al caminar descalza por la vida cuando me olvido de los zapatos, silencio del no-cuestionarme, silencio del sentir y sentirme, del aceptar y aceptarme.

Y en eso estoy, aprendiéndome del silente silencio del habitar habitándome.